sábado, 23 de abril de 2016

El esfuerzo de muchas personas.

Era tarde. Mi madre estaba en chequeos médicos. Ese día fue duro para ella: Los doctores encontraron un problema en su embarazo. Llegó muy triste a su casa. No tenia el apoyo de sus padres. Se sentía sola. No sabia qué hacer, ni conmigo ni consigo misma. 

La única opción, irse para la calle. Todo, porque sus padres la pusieron a escoger entre el hijo que venia en camino o ellos. Ella escogió a su hijo. Ahora no se arrepiente de ello.  Su hijo es una bendición para ella. 

A mi madre la encontraron en la calle, mal.  La señora que la encontró decidió ayudarla. Mi mamá aceptó y se fueron para su casa Ahi mi madre se sintió mal. Extrañaba la casa de sus padres.



Pasaron cuatro meses. A mi madre le dieron unos dolores muy fuertes. La llevaron al médico. Ya era la hora de dar a luz. Nací. El médico dijo que el parto había salido bien pero que yo tenía un problema, y que solo iba a vivir hasta los cuatro años. Mi madre pregunta si no me podían operar. El doctor le informa que no.

Un par de semanas después le dieron de alta a mi madre. Nos fuimos para la casa de la señora. Mi mamá estaba contenta.

Un día nos fuimos al parque. Y allí ella se conoció con él. Mi padre. Me adoptó como si yo fuera su hijo. Me dio su apellido. Desde entonces mi madre se fue a vivir con él.

Pasaron varios los años. Ya tengo 21 Años. No hice Prescolar, porque era inteligente. Y entré directo a segundo. Sacaba buenas calificaciones. Ocupaba los primeros puestos. Al principio fue difícil: En el bachillerato no me querían recibir en ningún colegio porque yo tenia una discapacidad. 

Seguí buscando. Y en el Lola Gonzáles me dieron la oportunidad. Me Gradué en el 2011, con honores. 

Ahora estoy en el séptimo semestre de Ingeniería de Sistemas. Me siento orgulloso de mi mismo. Mi Madre también. A pesar de mi discapacidad y de que doy mucha lidia. Pero si ella me trajo a este mundo fue a ser alguien en la vida Por eso quiero seguir estudiando en Europa. 

Mi gran habilidad es escribir con la boca, ya que no tengo movilidad en los brazos. Algunas veces he sentido muchas criticas de la gente pero sigo adelante, sin importar lo que digan de mí. 

Voy a hacer lo posible para que a ella no le falte nada, porque a pesar de todo, soy discapacitado y mi madre sufrió mucho al traerme a este mundo. Así que tengo que hacerla sentir orgullosa de mí. 

Me gusta ir a cine. Salir de rumba con mis amigos. A pesar de todo me tengo que divertir. Soy sociable. 

 A pesar de todas mis dificultades sigo luchando para salir adelante. 

Tengo el apoyo de todos mis amigos y familiares.







Un amor del más allá. Por Zaira Bedoya.

Manuel Bedoya, mi bisabuelo, conoció a Inés Escalante, mi bisabuela,  en el año 1962, en Medellín. Se conocieron y con el paso del tiempo comenzaron un noviazgo, en el cual mi bisabuela solo conoció a la madre de mi bisabuelo porque su padre falleció y  en cambio mi bisabuelo Manuel no conoció los padres de mi bisabuela Inés, porque la madre falleció cuando ella solo tenía 5 años y con sus demás hermanos el padre los repartió a personas de fincas vecinas y a ella le tocó en una finca muy buena, pero los dueños que eran como los padres de ella eran muy jodidos y le daban muy poco de comer. Le tocaba hacerse la loca para ir a la cocina y servirse más. Pero con el paso del tiempo mi bisabuela fue creciendo y trabajaba para su propio sustento. Fue allí, en la galería de Guayaquil, que era una plaza de mercado de dos pisos, donde trabajaba ella que conoció a mi bisabuelo Manuel.

Se conocieron, se hicieron novios y al año se fueron a vivir juntos al barrio Castilla, al noroccidente de Medellìn.  Siete años. Después se pasaron para una pequeña casa en Santo Domingo Savio. Nueve años.

Por problemas se fueron para una finca que pudieron comprar con sus ahorros. Ellos la trabajaban sembrando y cosechando café. 

En ella duraron varios años pero tuvieron que venderla porque se les metió la guerrilla y no los dejo trabajar más la finca pero también fue porque los albañiles de San Roque le tenían rabia a mi bisabuelo porque era mejor que ellos en la forma de trabajar, ya que él sabía de planos y los demás albañiles no sabían casi. Por eso ellos decían que mi bisabuelo Manuel les quitaba los trabajos. Pero él solo trabajaba para darle el sustento a mi bisabuela. Pero no entendían eso. 

Él hasta llegó a construir una capilla de una longitud de 300 metros, en Frailes, el corregimiento de San Roque...

Después de vender la finca compraron un lote en Medellín, barrio Nuevos Conquistadores, donde él construyó su propia casa. 15 años vivieron en ese barrio.

Hasta el día de hoy solo la habita mi bisabuelo. Su esposa falleció el viernes 3 de abril de 2015. 

Poco menos de mes antes de ella morir, exactamente el 7 de marzo de 2015, ella estaba muy enferma y aún así se casaron. Pero ella después de muerta viene y lo acompaña todas las noches...

Mi bisabuelo nos cuenta que él siempre le deja la cobija para el lado donde ella dormía y que cuándo se acuesta siente cuando ella llega y la coge.

Un día, mi bisabuela aun estaba viva, ya estaban acostados y él se bajó la cobija hasta el estómago y estiró las manos y ella se las bajó. El caso es que casi a los dos meses de su muerte él hizo lo mismo y ella le cogió las manos y se las bajó. 


Al otro día la vio sentada en la cama para el lado donde ella dormía, pero a los pies, con una bata rosada de ella, en las piernas. A ella le gustaban las batas con bolsillo. Y mi bisabuelo asegura que la vio metiéndose algo a la bata. Él le dijo: -"¿Qué quiere?". Pero ella no le respondió. Solo lo miró y le sonrió. Al amanecer mi bisabuelo le contó lo sucedido a sus tres hijas,  Gladys y Mary. Ellas fueron y buscaron en la bata rosada de ella y tenía papel higiénico con el que se limpiaba...

viernes, 22 de abril de 2016

Jean Danilo. Por Sirley Ríos.


Nació el 6 de diciembre de 2004. Aparentemente muy sano. A a los 3 meses de nacido fue la primera vez que lloró. Lo hizo con tanta fuerza que a su madre se le alteraron los nervios, saliendo de inmediato con él hacia el hospital.

En el hospital el médico le dijo que el niño tenía una enfermedad llamada toxoplasmosis. Antes en los controles del embarazo, ni mucho menos en el momento del parto, habían dicho algo de dicha enfermedad.  Lo dejaron hospitalizado, Jean Danilo entró en coma, ya que se le reventó la válvula de la hidrocefalia y la retina de los ojos, Los médicos decían que iba a sobrevivir si mucho un año, ya que la toxoplasmosis es una enfermedad ocasionada por el pelaje del gato, que no deja desarrollar los músculos;  esto ocasionó parálisis congénita en el lado derecho de su cuerpo. Decían iba a quedar parapléjico, aferrado  a una cama.

Aun así, su madre, Jennifer Isaza Jaramillo, no perdía las esperanzas y empezó a cantarle música infantil, hablarle en el oído cosas como: “hijo la vida es bella”, “eres una persona muy importante para todos nosotros, te amo.”

 Pasaron los años. Hoy en día el príncipe de la casa o como el bien lo dice “el hermoso de la casa”, es fanático a la música, en especial, la ranchera. 

Se sienta solo, come solo, habla mucho. Es fanático al tinto, según Danilo porque “el chisme se acompaña de un buen tinto”, dice en todo juguetón, usual en su voz.
Le encanta jugar balón con su rodilla izquierda, ya que en la derecha se le dificulta.  Tiene baja visión, pero él dice que para Dios no hay nada imposible, que Dios lo va a terminar de sanar. Más que un discapacitado es un ser humano con una impresionante fortaleza, por su optimismo. Sus palabras son fuente de aliento para aquellos que quizás han pensado que él es un caso perdido. 

Juega pelota con su abuelo, toma tinto en un balcón donde saluda a todo el que pasa, y se carcajea con sus propias bromas…

Solo demuestra que los médicos que le pronosticaron un año de vida, estaban equivocados.


martes, 19 de abril de 2016

Sostiene a su familia a punta de empanadas. María Camila Jaramillo.

Doña Consuelo Cortes vive en el barrio 20 de julio. Tiene un pequeño puestico en una esquina en el salón rojo, donde vende empanadas, pasteles de papa, buñuelos, etc. Pero su especialidad son las empanadas, y con eso sostiene a sus 5 hijos, que viven con ella. Es una mujer luchadora y "Echada pa delante", que aunque no cuente con el apoyo del padre de sus hijos, nada le impide luchar para que ellos salgan adelante, de manera que puedan llegar lejos en la vida. "A mí no me importa llegar todos los días cansada de trabajar, ni matarme rebuscándome la plata, con tal de que a mis hijos no les falte él  estudio ya que yo no pude tener ese privilegio".

Mi Amigo Fiel. Por Angie Yasmin Monsalve.

Fue el 20 de enero del 2012. Era una mañana común y corriente. Ese día llegó un niño nuevo al colegio. Yo nunca lo había visto. Se sentó muy lejos de mí. Días después  empezaron a ubicarnos en los puestos por orden de lista y por casualidad que le tocó adelante de mí. Él no me hablaba. Se mantenía mirándome pero cuando yo lo miraba, agachaba la cabeza o miraba otra cosa,.
Con el paso de los meses fue como empezando a quitar la pena y hablar con los demás pero cuando era la hora de hablarme se achantaba y se ponía rojito, hasta que un día se hizo al lado mío en educación física y me dijo ''Hola''. Su voz era toda hermosa. No había llegado a escucharla. Hay mismo le respondí. Sólo fue una pequeña conversación. A la salida del colegio me lo encontré y me di cuenta que vivía más arriba de mi casa. Nos bajábamos y nos subíamos juntos. 
Poco a poco nos empezamos a hacer amigos e irnos conociendo cada día más.
Se acabó el año y a él lo pasaron de colegio. Desde ese día no lo había vuelto a ver.
Pasaron los años y obvio seguíamos comunicados, hablando día y noche. Jamás me dejó de hablar, a pesar de la distancia.
Un día, me dijo que yo le gustaba y no le dije nada. 
Al cabo de los meses lo vi desde lejos. Estaba mucho más cambiado.
Por la tarde me llegó un mensaje y nos quedamos hablando toda la noche hasta el día de hoy no me ha dejado sola ni mucho menos de hablar, me ha aguantado todo y sigue aquí, conmigo, apoyándome. Desde que lo conocí supe que la verdadera amistad si existe y hasta el día de hoy llevamos 4 años y en todo ese tiempo a estado ahí. Porque la amistad que un hombre de buenos sentimientos le brinda a uno como mujer es inigualable.

viernes, 18 de marzo de 2016

Nuestro primer beso, por Judith Amaya, Carolina Carvajal y Yurany Cartagena.





1
A los 7 años fue mi primer beso, con el vecino de mi cuadra: Estábamos solos,  jugando en mi casa,  cuando de repente nos fuimos acercando y sucedió el beso. Al día siguiente no nos hablamos, porque nos sentíamos apenados.
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Mi primer beso fue a los 6 años. Fue un día increíble para mí,  pues para mí fue una  ilusión las circunstancias de la vida nos hizo a ser nuestro primer beso.
Un día, a las 3 pm, un niño se acercó a mí y me preguntó que si íbamos a ser novios  y yo le dije que me diera un tiempo preciso para poder ser novios. Y como era mi primera vez me daba pena hast,a que a las 6 de la tarde di mi primer beso a las escondidas
                                                                                            3
Mi primer beso fue a los 15 años. Fue un día muy bonito, asoleado. Me fui para donde mi papá, ayudarle allá  en la revueltería,  entonces de repente le empecé a gustar a un muchacho. Mis hermanos se hablaban mucho con él porque ya se conocían. Y  el muchacho me mandó saludes con mis hermanos,  hasta que un día el muchacho me llamó, para que habláramos un rato.
Ahí fue donde èl me pidió el número de mi celular, para que hablaramos por el watsapp. Se lo di, también mi número y me agregó al wasap y nos poníamos a hablar por el wasap. Hasta que él me preguntó si podíamos ser novios. Le dije que sí, pero que todavía no estaba muy segura de tener novio, que lo iba a pensar.
Al otro día, me habló por el wasap, preguntándome la misma pregunta de ser novios. Ese día le dije que era mejor que  siguéramos hablando así, a ver qué pasaba entre nosotros. Él aceptó mi respuesta y después a los días yo le dije que yo sí quería ser la novia de él. Fue en ese momento  donde nos dimos nuestro primer beso.
*el primer beso que yo di que me conocí con un amigo en el parque entonces de ahí fue donde empezamos a jugar a divertirnos hasta que termino el juego y el me paro y me dijo cómo  te llamas tu entonces yo le dije carolina entonces él me dijo bonito nombre oye quieres ser mi novia me gustas mucho entonces yo le respondí tú también me gustas muchos hasta que fuero las 3 de la tarde que di mi primer beso
                                                                                          4
Mi primer beso fue a los 5 años,  por medio de una amiga de cole.
Uno sabe que en esa edad nadie sabe que es un novio hasta que salimos al descanso y nos damos abrazos hasta que salimos a la salida y nos esperamos y de ahí fue donde yo di mi primer beso

La vieja loca, por Karrollay Ruíz

Ella es una señora que anda con un palo, no puede ver niños jugando porque les grita y les quita con lo que juegan.
Ha tenido problemas con los padres de los niños, porque no le gusta ver a nadie divertirse.
La última vez le pegó a una niña. Nadie sabe por qué y ella tampoco sabe de aquel incidente y por qué lo hizo.




Andrés, el bobo, por Karollay Ruíz

Andrés es muy reconocido por el barrio. Es super fastidoso y cansón. No se si será que tiene un retraso mental, en todo caso el se deja hacer cualquier cosa y no es capaz de defenderse. Le da miedo hasta del propio sobrino, sabiendo que es mayor que él. No se hace respetar de nadie.
Incluso, cuando consigue un trabajo por ahí, botando escombros o lo que sea, se deja tumbar y no le pagan lo suficiente.
Se mantiene en la calle. Parece un gamín. Debería  hacerse  respetar de la gente y tener tan siquiera un poquito de cerebro.
 

La perruncha del barrio, por Karollay Ruíz

Ella es una mujer de 34 años que se come cualquier cosa que se le atraviese por el camino. Basta con que le de cosas materiales y la mantengan, porque ni para trabajar sirve.
Ha tenido problemas con la gente del barrio porque se mete con hombres casados.
Hace poco se pelió con uno que la matenía, era un viejorro de digamos 54 años, más o menos; recibió puñetazos de él en la cara, la dejó con aporriones y moretones.
Eso le pasa por boba y regalada.


!Despierte!, Por Camilo Hoyos y Alejandro Alvarez

Erase una vez en un barrio bien cerquita de por acá...Cierto sujeto llamado Henry…Alguna vez el fue alguien totalmente diferente a lo que ahora es, por difícil que se escuche así fue:
Alguien que en el barrio Prado no era más que un jovenzuelo igual a otros, de esos dedicados a engañar, a enredar muchachas. Era fácil para él seducir una mujer, por ser joven, de una buena familia y de buena apariencia. Poner a cualquier mujer a chorriar baba por él, no era un reto
Pero cierto día llegó al barrio aquella mujer, la que le haría dar sus primeros pasos en una vida diferente.
-“¡Hola!”. Era el día en el que se mudaba Olga, la nueva vecina hija del señor Martínez. -“Saludé por cortesía mas que por gusto o porque me interesara...".
De ahí en adelante, la vida sería diferente. Día tras día no era lo mismo. Para él salir de su casa a la cancha, por ejemplo, pues sabia que tenía que pasar por enfrente de su casa. El simple hecho de pensarlo  lo congelaba.
Se consideraba alguien poco reservado,  por así decirlo. Pero no contaba con que su tío le pregunte,  en medio de una borrachera, un jueves, después de haber sido despedido de su trabajo:
“¡Henry!, ¿Qué más?"-con cierta dicción alicorada, la forma en la que había bebido.
-¿Qué pasa q no está conmigo en la esquina? … No me vaya a decir que por culpa de la pelaita esa está así. ¡No sea bobo.  Hágale, que eso es fácil…"
Sin embargo, él no sentía lo mismo, pues en su corazón ardía la vida, que ahora era diferentemente, interesante. Aún así, decidió hacerle caso, salió a la esquina con su tío y le dio la espalda a la casa de Olga…
Horas más tarde era imposible para los vecinos no reírse de el :“¡Ahí va ese bobo, cójanlo!.jajajajaj”
Él, en medio de su desahogo, solo pronunciaba de forma inentendible . Tal vez  solo entendible por su tío.
Tres días después decidió despertar, y para su sorpresa, estaba en un hospital, a causa de su desmedido “desahogo”. Al abrir los ojos, ¡vaya impresión la que tuvo!: Allí estaba ella, vestida de enfermera. “Si ya de por si era muuuuy linda, ahora imagínese cómo estaba”.
Pero no fue tan fácil como despertar,  verla y declarársele. Lo intentó, pero ella no quería nada con él, después de verlo dejarse llevar por una mujerzuela que estaba en aquel bar con su tío. La misma que lo llevaría borracho hasta su casa, en donde le quitaría todo lo que tenia en sus bolsillos, le daría un dopante  que lo mandaría, afortunadamente para él, a ese hospital.
Al recuperarse y volver a su hogar su mente no podía dejar de pensar en Olga. Se preguntaba, pensatico, “¿Qué hice?”.
Pasaron días enteros en los que no volvía a su casa, en la cancha, solo, supuestamente viendo a los demás jugar. Pero en realidad, divagando. 
Sucedió que sus  amigos no lo llamaban por su nombre: “El violado", me decían. Ahora también era un problema estar en la cancha, entonces fue fácil dejar de salir de la casa ,para estar, siempre, en la ventana de su casa...
Cierto día un joven pasaba por el frente de su casa. El problema fue q pasara luego justo por el patio de la casa de Olga. Mientras ella  estaba trabajando en el hospital.
“Fue la cantaleta más larga que le he dado a alguien , aunque no recuerdo casi nada de lo que le dije, por andar de melancólico y llorón”
Sus días se volvieron tristes , grises, vacíos. No tenia empleo, familiares o amigos q le dieran algo de comer . Pero no era su preocupación.

jueves, 21 de enero de 2016

Los tenis. Por Jhonny Barrientos Diaz

LOS TENIS

Esa noche, mientras subía, escuché las palabras:
–Quedate quieto y no voltiés la cabeza.
Las palabras a pesar de ser un robo no eran ofensivas. El muchacho no me arrojó sino casi que me puso contra el barranco detrás de la cancha.  El otro, más mala leche, me sacó del bolsillo de atrás la cajetilla de cigarrillos, luego de los bolsillos de adelante, tres mil pesos que llevaba, una caja de fósforos, unas monedas. 
El más tranquilo ya tenía mi media botella y se estaba tomando otro ron. Digo otro porque cinco minutos antes, tres cuadras abajo en una esquina oscura, mis raptores me habían pedido un trago. No logré   distinguir sus rostros pero como hombre que estaba estudiando literatura en la universidad se lo extendí con cierta complicidad universal del filantrópico noctámbulo que se encuentra a alguien desconocido en la soledad de la media noche y le ofrece un trago para brindar por la negra oscuridad, por la existencia efímera, por ese pedazo de luna que en esos momentos nos manchaba de sombras y por la misma tierra que, a pesar de ser ellos ladrones y yo un estudiante, igualmente nos había arrojado a la guerra a todos.
El mala leche recibió la botella, al escuchar como deglutía el trago por su garganta y lo chasqueaba en su lengua, le dije  dejara uno para mí. Pero  me aguijoneó:
––¡Que chiste, estás muy gracioso! Es el único pirobo que tiene un cuchillo en la espalda y se pone a hacer chistes malos.
Sentí como la punta de la navaja me punzaba y tal vez como contra respuesta a mi osadía sentí la correa del bluyín deslizándose por mi cintura. Me asusté, le dije que se llevara todo pero que como me iba a violar.
El otro mientras se ponía mi correa de cuero, ahora en su bluyín, se sonrió:
––Por bonito este hijueputa. Ladrón tal vez, pero ocioso, nunca.
Ambos se rieron y yo también estuve a punto de hacerlo. Después de decirme que se iban a marchar, que no me volteara a mirar para ningún lado, caminaron algunos pasos, pero antes de hacerlo definitivamente el otro se detuvo:
––Mira que chimba de tenis, casi nos vamos sin ellos.
Se regresaron y mientras me los quitaban sentí un desaliento. Les iba a decir que los tenis  no eran míos, pero aún con el temor del cuchillo y de mi correa deslizándose por mi cintura, decidí guardar silencio y sentí sus pasos trotando hacia abajo.
Al minuto me levanté asustado, corrí la cuadra de la cancha Maracaná hasta la carrera 73 B y caminé en medias hasta mi casa. Mi madre me abrió y se sorprendió de la historia, casi sonriendo, al verme descalzo:
––Menos mal no te hicieron nada mijo, eso no es nada, no se preocupe y vaya acuéstese.
Esa semana pasé con la chispita que produce el hecho de que el conocimiento no sirviera un culo ante la fuerza bruta, y con el resentimiento de que, no de café, ni de plátano, ni de oro, estaban  llenos los costales de este país de mierda.
 La vergüenza tampoco me hizo recordar qué pasó esa semana con mi hermano, (quien me había prestado sus tenis para ir a una fiesta), pero  ocho días después, al atravesar la misma calle que había caminado descalzo, con mi sobrinita a darle una vuelta por la cancha, y como si los estuviera buscando, vi los tenis que me habían robado dentro de unos pies que por supuesto no eran los míos. Me asusté.  El pelado estaba sentado con un amigo muy cercano de mi infancia  que era el jefe de una de las bandas del barrio.  Mi amigo me saludó y el otro me miró ocultando medio rostro entre sus rodillas recogidas. Hubo una reacción en él entre terror y juego, como si envés de robarme los tenis, yo se los hubiera prestado.
Por supuesto,  un sensible y noble universitario, que hasta es capaz de compartir su licor con el ladrón que lo maltrató con un arma y que debía cargar cientos de muertos en su hombros, mi susto debió haber sido tan grande que por un minuto olvidé a mi sobrinita de año y medio, que apenas estaba aprendiendo a caminar, sobre el Planchón, una terraza de cuatro metros de abismo, protegido solo por unos tubos por cuyas intersecciones cabría  un toro.  Corrí tras ella con el susto de haber visto a los ojos a mi verdugo.   En el lapso de los quince minutos que estuve allí, y a pesar de estar en el Planchón que era la mejor tribuna para ver los partidos en la cancha, no vi de manera consciente los tres goles, ni escuché los gritos de las esposas que celebraban la goleada de sus obesos maridos en el torneo de veteranos.
Decidí regresar.  Mi amigo ya no estaba  y solo vi a mi ladrón sentado allí con la cabeza agachada. Pasé a un metro de él, lo tenía de espaldas y lo pude haber golpeado, pegarle una patada  y tirarlo a rodar por las escalas, tuve todo el tiempo del mundo  pero el temor del estudiante, tal vez el delirio del supuesto escritor, que se imagina que no todo es tan sencillo, que tal vez como en una novela, el hombre tendría su cuchillo filoso empuñado en su mano, para que, como en un cuento de camajanes de Borges, al yo acercarme me hundiría su puñal, o como había visto algunas veces en esa cancha de la Maracaná mientras veíamos los partidos los domingos, él sacaría un revolver me lo pondría en la cabeza y dispararía, y el que rodaría por esas escalas empinadas sería yo, como vi a Taborda rodar por las escalas de la Bananeria, con una bala en su cabeza, sin mostrar en su cuerpo ningún rastro de vida, ninguna forma de animidad, no rodando  si no tieso y dando tumbos como un muñeco de palo.
Rastrillé un poco el pavimento con los zapatos que si eran míos para ver su reacción, pero él no se movió, fue como si me estuviera esperando. Y en vez de empuñar mi mano para macerarlo, decidí empuñar la pequeña manito de mi sobrina y seguir mi camino.
Pero ya en la mitad de la cuadra, ese vergonzoso sentimiento de derrota que me hizo pensar que yo no era el representante de ninguna secta intelectual, que no era ningún personaje de alguna novela y que solo era un simple humano humillado, me hizo  tomar  la fuerza y me arrimé a la tiendecita de  una amiga vecina:
­­––Teresa, me puedes tener a la niña un minuto, o mejor si tienes tiempo se la llevas hasta la casa a mi mamá.
Después de decirme que estuviera tranquilo me devolví por la cuadra. Desde la esquina miré hacia el Planchón y el muchacho aún seguía con la cabeza agachada.  A pesar de que había varios amigos por ahí y les pude haber pedido ayuda, sentí que ahora era mi problema y mejor aún, dada su sumisión, que lo tenía en mis manos. Me acerqué hasta dos metros y hablé con vos fuerte, no de un estudiante sino de un pillo que tenía guardada en su cintura su estúpida pistola ilusoria:
––Oíste hijueputa, devolveme los tenis que son de mi hermanito.
El pelado  levantó la cabeza y aunque vi un  pequeño hilo de sangre que le salía entre su cabello, el miedo y el terror que tenía en sus ojos, me conmovió:
––Hey,  ¿Cómo así que yo te robé hermano?––su voz entre la turbación sonaba a disculpa.
––Si, hace ocho días ahí en ese barranco detrás de la cancha ––dije casi tartamudeando, y a pesar de que si hubiera tenido un arma en mis manos en ese momento estaría temblando o se hubiera deshecho como una gelatina, en él,  el miedo era de muerte, como si solo segundos antes  le hubieran puesto un arma entre sus ojos.
–– Peludo, perdóname, no puedo creer que yo te haya robado.
El tipo se agachó y  a pesar de que creí que iba a desenfundar su arsenal, lo vi desamarrarse los cordones de los zapatos, (que ahora, a pesar de que eran nuevos, se veían muy sucios, y que además se los  había puesto sin medias), los emparejó con sus dedos y me los entregó con un gesto de perdón que solo minutos después comprendería:
––Peludo discúlpame, tené, así como te mandé sin zapatos para tu casa, yo también me voy descalzo––dijo mientras caminaba y se limpiaba lo poco que le quedaba de sangre con su camiseta.
Llegué triunfante a mi cuadra, con los  tenis amarrados  a uno y otro lado de los hombros, bajo las risas de mis amigos de la cuadra que no creían la historia y sintiendo cierto olorcito a pecueca que si los tenis  hubieran sido míos y no hubieran estado nuevos, tal vez se los hubiera regalado.
Después de atravesar varias casas, mi amigo, ahora en el balcón de su casa, con su expresión imponente, habló:
––Menos mal te los devolvió. Ahí le pegué un cachazo, le di una muestra de lo que le va a pasar si sigue de gato. En mi territorio nadie se mete.
Esa frase me desinfló. Caminé hasta mi casa tan decepcionado como si me hubieran despojado, no de unos tenis, sino de mi vergüenza. Recordé el terror en los ojos del joven y tiré a la mierda el estúpido mito del temeroso  estudiante que le arrebata el trofeo a su ladrón temerario. Me sentí tan sucio como si solo le hubiera arrebatado un cromo a un niño, tan vacío como si me hubiera cogido a una triste putica en las polvorientas cementeras del “Cairo”.

































Abuelito muere sin celular.

                Los celulares, quién puede negarlo, se han convertido en una necesidad “social”, pero,                        ahora, gracias a su expansión acelerada, se están  trasformando en una adicción, tan                              poderosa como aquella que producen las sustancias psicoactivas, o peor aun, están                                provocando cambios en la personalidad de las personas que los usan. Cuán lejanos están                      aquellos tiempos en los que todavía éramos libres, sin tanto ruido e innovaciones
               tecnológicas. Abuelo, tu radio-teléfono se ha perdido en la espiral del tiempo.

                                                      Por: Juan Camilo Betancur


   Hace unos doce años, cuando despedimos a mi abuelo en el cementerio de Fredonia, lo enterramos con su radio teléfono, porque en vida, este aparato se le convirtió en un eje fundamental para controlar su finca y
   pedir lo que necesitaba de urgencia a sus trabajadores y vecinos. Ahora, doce años después, no me imagino que sería del abuelo si hubiese sido victima de la “onda” del celular. Tal vez, hubiese sido un anciano
   moderno, como es característico de los abuelos de hoy, y andaría con su celular en el carriel, descrestando ancianitas en el parque de Fredonia o llamando a todo momento, a toda hora, a sus hijos, nietos… para
   localizarlos y calmar la goma de ser un abuelo de la era del celular. Quizás, fue mejor que se muriera feliz con su radio teléfono y no que muriera infeliz, por no saber mandar mensajes de texto a una anciana amada.
   Afortunadamente, el abuelo no alcanzó a entrever la era de los celulares y murió con un precario  conocimiento de ellos. Si mal no recuerdo, el abuelo apenas conoció algunos avances anteriores del celular, que de alguna manera se los leyó un nieto, que tal vez era yo. Sólo eso alcanzó a conocer el afortunado viejo. A lo mejor, le leímos de alguna enciclopedia lo siguiente:
   “En 1854, el inventor francés Charles Bourseul planteó la posibilidad de utilizar las vibraciones causadas por la voz sobre un disco flexible o diafragma, con el fin de activar y desactivar un circuito eléctrico y producir unas vibraciones similares en un diafragma situado en un lugar remoto, que reproduciría el sonido original. Algunos años más tarde, el físico alemán Johann Philip Reis inventó un instrumento que transmitía notas musicales, pero no era capaz de reproducir la voz humana. En 1877, tras haber descubierto que para transmitir la voz sólo se podía utilizar corriente continua, el inventor estadounidense de origen escocés Alexander Graham Bell construyó el primer teléfono capaz de transmitir y recibir voz humana con toda su calidad y su timbre”.
   Sí, el abuelo murió alegre en el siglo pasado y no le tocó, como a nosotros, ser testigo de la nueva cultura que creó el celular, como un requisito para ser dignos de la “modernidad”. Y no hay que ir muy lejos para darse cuenta de esto. Basta con salir a la calle a cualquier hora del día, para ver a alguien con un celular hablando solo. Antes el acto de hablar solo era considerado como locura, ahora es normal y no se critica. Desde hace días, el celular se hizo más común en las calles que las mujeres embarazadas. Pero eso era de esperarse, pues un aparato tan pequeño, tan útil y manejable, no sólo puede generar eso, sino muchas cosas más que trataré de exponer, como, por ejemplo, la adicción.
   La adicción a los celulares es una de las dependencias tecnológicas a la que nos está sometiendo el nuevo mundo globalizado. El poder comunicarse con otra persona en otro país, los mensajes de texto, los
   videojuegos, el estatus que da tener un celular, el poder tomar fotos con cámaras cada vez más pequeñas, entre otros avances tecnológicos que han derrumbado las fronteras entre países y culturas, también han urbanizado a los jóvenes de manera acelerada y no muy productiva.
   El darle un mal uso al celular ha generado comportamientos distintos en decenas de jóvenes, en especial, uno que quiero resaltar: la inseguridad en sí mismos y el fracaso escolar y amoroso que conlleva. Me acuerdo
   de un caso que quiero citar para relacionarlo con el fracaso amoroso en las parejas a causa del celular. No hace más de dos meses, un amigo, Felipe Caballero, un comerciante de la plaza mayorista, perdió a su mujer
   por culpa del celular. Lo que le pasó a Felipe, fue que tenía una tiniebla, con la que se veía de vez en cuando sin que su mujer se enterara. Salía con su amante cada que podía justificar su ausencia con una reunión de negocios. Pero, una noche, Felipe dejó su celular en la mesa de noche después de dormirse y recibió un mensaje de texto de su amante. ¡Claro! Julia, su mujer, que estaba despierta, vio el mensaje que recibió
   su esposo y como si eso fuera poco, también vio los mensajes que Felipe le envió horas antes a su amor secreto. A la mañana siguiente, Julia, le pidió el divorcio a Felipe.
   Para retomar, hay que tener en cuenta que la adicción en los celulares se da en menos tiempo que otras adicciones, porque el celular, a diferencia de la marihuana y otras sustancias psicoactivas, está bien visto
   en la sociedad. Además, los niños desde muy pequeños se están familiarizando con estos artefactos y, de alguna forma, están creciendo antes de tiempo, gracias a que las campañas publicitarias, los programas de
   televisión, el ejemplo que les da sus padres, la educación en los colegios y muchos otros factores, les están metiendo la tecnología digital por los ojos, con el pretexto de que deben acoplarse al mundo contemporáneo
   y eso los está perturbando sicológicamente, causándoles agresividad, desconcentración…
   En España, por ejemplo, CETRAS2 atiende a seis pacientes con dependencia a celulares y afirma que se están presentando dos casos por cada mil  personas. Es una cifra pequeña, es cierto, pero el simple hecho de que un aparato electrónico ya esté causando adicciones, como si fueran otra droga, es un mal síntoma. Es más, en el año 2001, el escritor de novelas policíacas, Philip Marso, le propuso al mundo celebrar un día sin
   celular, así como en Bogotá celebran el día sin carro, sin embargo, las ideas geniales en ocasiones están destinadas al olvido porque no hay espíritus suficientemente libres para entenderlas y, por eso, la idea del
   escritor se quedó solo en idea, en una simple ocurrencia.
   Los pacientes en CETRAS pasaban más de doce horas al día en frente de  una pantalla, ya fuese un computador, un televisor o el celular. Estos seres, sufrían de aislamiento social, de depresiones, de zozobra y baja autoestima. Todos estos síntomas se manifestaron, al someter los pacientes a estar consigo mismos. Cuando les quitaron el celular y los dejaron solos con su mundo, los pacientes se encontraron en dificultad para
   comunicarse entre sí y al no encontrar la misma satisfacción con un interlocutor visible, se exasperaron y sintieron la necesidad de llamar a alguien o ser llamados por ese alguien.
   Esos estudios ponen en claro los problemas a los que nos enfrentamos, porque el celular ya pasó de ser un artefacto útil a convertirse en una mano, en una oreja que nos es fundamental para vivir y llegar a otros.
   Muchos de los noviazgos modernos en la clase media se dan gracias a que el celular es “bonito”. Lamentablemente muchos consideran que tener celular es tener una carta de presentación para poder entablar
   conversación con alguien.
   Es normal ver a la gente en los buses o en el Metro haciéndose las mismas preguntas, en la mayoría de veces para que les vean su nuevo modelo, el último celular del mercado. ¿Dónde estás ahora? ¿Qué me decís? No tengo cobertura. ¿Cómo van los negocios? Y aun así, eso no es lo más grave. Lo peor de todo, es el atentado lingüístico que se le está haciendo  al lenguaje. Esa patada a la escritura se debe a que los jóvenes al
   escribir mensajes de texto, hacen todo lo posible por sintetizarlos, reducen las frases, eliminan signos, reglas ortográficas y mezclan expresiones de distintos idiomas sin ninguna justificación lógica, hasta el punto de crear una nueva jerga que pocos entienden y que los ponen en dificultades para interactuar con otros.
   Otro punto a considerar, es la pérdida de libertad. El que posea un celular se hace un individuo localizable y perturbable. Muchas de estas personas perdieron la magia de unas vacaciones en el campo. Siempre están
   intranquilas con lo que sucede en su casa, preguntándose constantemente por qué no los llaman. Perdieron la capacidad de disfrute. Prefieren jugar con el aparato a contemplar una flor o un atardecer. Evitan avanzar
   demasiado lejos por el temor a que la señal se les pierda y no poder enterarse si algo importante o urgente está pasando. Así le sucedió a Óscar Arcila, profesor de cátedra de la Universidad de Medellín, quien
   perdió las vacaciones de fin de año, que había preparado por más de tres meses, por el simple hecho de recibir una llamada inesperada en la que le avisaban de un problema en un negocio de computadores. Al cuarto día  de vacaciones, se vio obligado a retornar a la ciudad, dejando a su familia sola en el municipio de Barbosa, que luego regresó también a la casa, echando al fracaso las famosas vacaciones.
   La verdad, lo que más disgrego de los celulares es que se hayan metido tanto en nuestras vidas, que hoy en día es muy difícil recibir una clase, ver una película o leer un libro sin que esos aparatos suenen en algún lugar. Por lo demás, cada quien elige cómo hundirse o salvarse de la nueva era tecnológica. No desconozco que los avances tecnológicos, cada día facilitan más la vida y que el celular en dosis controladas es estrictamente necesario. El comerciante, el empresario puede seguir trabajando mientras viaja, hacer transacciones bancarias desde cualquier lugar, inconscientemente, se disfruta más de una llamada de celular a celular por ser personalizada, se siente mejor llamar a una persona que a un lugar, el padre de familia puede localizar a su hijo con facilidad, un  mensaje de texto puede llegar a muchos rincones geográficos.  
   Son muchas las cosas en las que nos beneficia un celular, aunque, poco a poco, los dedos pierdan movilidad y le dejen todo el esfuerzo al dedo pulgar. Con la nueva tecnología y para un manejo práctico de de estos
   artefactos, el usuario sólo está utilizando el pulgar para marcar el número telefónico, dejando los otros dedos como una simple superficie para apoyar el celular.
   Como sea y a pesar de lo que diga, el celular seguirá siendo el corazón de Jesús en estos tiempos. Por eso, le doy gracias a la vida por haberse llevado a mi abuelo con su radio teléfono y haberle dado campo en su
   reino, para que no le lleguen las llamadas prepago de sus civilizados familiares.

Koleia entrevista a Ernesto Sábato

En el año 2006 viajé de mochila desde Medellín, Colombia, hasta Buenos Aires, Argentina. Quería hablar con el escritor Ernesto Sabato. Tenía 95 años. En 2011 cumplirá 100. ¿Hablé con él?
Santos Lugares, 26 de enero de 2006
Vine para verlo, don Ernesto. El 18 de diciembre salí de Medellín y luego de diez semanas viajando hacia Buenos Aires, al fin estoy aquí, al frente de su casa de corredor de ajedrez.
Son las diez de la mañana. Hace unos minutos Gladys, su empleada, salió a atenderme y me dijo que usted todavía no despierta, que vuelva a eso de las cuatro. A esa hora. A las cuatro. Lo voy a esperar.
¿Qué tanto son seis horas cuando hace años que muero por verlo? ¿Le pasó a usted que leyó a un escritor y soñó con tocarlo, así viviera al otro lado del mundo? Pues aquí me tiene. Leí algunos libros suyos en Colombia y ahora, después de algunos ahorros, muchos días y buses estoy en Santos Lugares esperando a que usted despierte.
De Santos Lugares sé que lo que usted dijo en una entrevista: que hace más de sesenta años era un barrio de gente obrera, modesta, en general trabajadores de los talleres Alianza del Ferrocarril San Martín; que aquí ha vivido desde entonces, alejado del caótico ambiente de Buenos Aires; que aquí ha escrito el total de sus obras, que aquí pasaron la infancia sus hijos y que aquí murió Matilde, su esposa, hace seis años.
Aunque lo mío, más que una tarea de periodista pretende ser una visita de lectora, temo que me pase como a la periodista del semanario Brecha en 1996 quien, después de confirmada una entrevista, recibió de usted una llamada cancelándola. Le dijo que tenía 85 años, que de pronto ocurrían hechos que lo destrozaban, que lo sumían en un dolor tan intenso que lo imposibilita para este tipo de tareas. Le dijo que Matilde, su compañera de toda la vida, estaba muy enferma. Le recordó que había perdido un hijo hacía un año y medio. Que no podía, no podía, no ahora. Que tal vez algún día, dentro de un año o dos, cuando estuviera menos adolorido.
Han pasado 10 años de eso. Ahora usted tiene 95 y yo tengo 22. Usted perdió a Matilde. Yo no puedo perder mis esperanzas de conocerlo. Yo no solicité ninguna entrevista, así que usted no me cancelará nada. Tengo dos opciones: irme o confiar en que lo veré. Me hacen juego unas palabras suyas: “no estoy aquí por azar, porque no hay azar en las cosas del espíritu: hay destinos, hay propósitos, conscientes o inconscientes”.
Pasan las horas. Mientras allá adentro usted se levanta, se baña, se viste y hace lo suyo, yo espero, espero, espero. Camino por Santos Lugares. Entro al Centro CulturalErnesto Sabato al frente de su casa. Veo cientos de libros suyos en estantes ordenados, pero estoy bloqueada, no puedo leer. Voy a una cafetería. Hojeo el libro que viene conmigo desde Medellín. Preparo un cuestionario. No logro definir la primera pregunta, sé que debo presentarme, decir que vengo de lejos, ¿pero qué se le pregunta a Ernesto Sabato?
Mi recorrido por el pueblo coincide con la hora del almuerzo y la siesta. Hablo con un vendedor de revistas, le pregunto por usted, dice lo mismo que la señora de la papelería y la chica de los caramelos: lleva toda la vida aquí, es un personaje. Él… y… cuando salía con el perro…
Camino hasta el precioso Santuario de Lourdes. Rezo, ruego, Ay, Dios, que lo vea. De regreso a su casa no se me ocurre conocer o escribir algo sobre Santos Lugares. No es ese mi tema. Llego a su calle y lo espero sentada en las escaleritas del Centro Cultural. A las cuatro de la tarde toco por segunda vez el citófono. Contesta Gladys.
Koleia: Buenas tardes, soy la periodista colombiana que vino a las diez. Quería saber si don Ernesto puede recibirme.
La voz: No, no está.
Koleia: ¿No está? Pero… ¡cómo! Yo he estado aquí y no lo vi salir.
La voz: ¿Dónde aquí?
Koleia: Afuera, en las escaleras del frente.
La voz: No es verdad, yo salí y no la vi. Don Ernesto ya se fue.
Koleia: ¿Se fue? No… no puede ser… yo vine desde Colombia, sólo a verlo… mañana sale mi avión… usted dijo que viniera a las cuatro.
La voz: Pero se fue, acaba de venir el taxi por él.
¿No hay casualidades, don Ernesto? ¿A qué vine entonces? Entro a la tienda al lado de su casa y lloro. “¿Qué puedo hacer por vos?”, se ofrece su vecina la vendedora de caramelos. Y yo deposito sobre la vitrina mi libro de héroes y tumbas y lloro, no paro de llorar.
Insistencia:
Eso pasó ayer. Hoy es otro día. Otra vez, la mañana, otra vez la periodista en camino a la casa de Ernesto Sabato. Hoy no lo puede esperar tanto. A las cuatro de la tarde sale el avión que la llevará a Colombia. No puede quedarse un día más en Buenos Aires. No puede.
Se baja del tren en la estación Santos Lugares. Camina hasta la calle Severino Langeri. En la tienda de caramelos pregunta por un libro que debió dejar don Ernesto firmado para ella. La reconocen. Le dicen que anoche le entregaron el libro a la empleada, pero que aún no lo devuelve. La periodista se emociona y se asusta: se llevará una firma del escritor en su libro. Pero ¿a qué hora?
A las diez de la mañana toca otra vez el timbre. Gladys contesta el citófono.
Koleia: Buenos días… Soy la periodista colombiana que vino ayer a ver a don Ernesto. Dejé un libro en la tienda para que por favor él lo firme, o no sé si será posible verlo….
La voz: Sí, el libro aquí está. Cuando despierte le diré que lo firme, espere.
Esperar, esperar diez minutos, veinte, media hora hasta que llega un carro y se estaciona frente a la casa. Se baja una señora sola. Va a abrir la reja que da al corredor de ajedrez y al jardín de abedules, cuando la abordan.
Koleia: Buenos días… Disculpe señora, soy periodista. Vengo viajando desde Colombia hace cuarenta días por tierra. Sueño con darle la mano a don Ernesto. Vine ayer, hablé con Gladys, esperé todo el día y al final no lo vi porque me dijeron que se había ido. Mi vuelo sale esta tarde, tengo que volver a Colombia. Ayer dejé mi libroSobre héroes y tumbas en la tienda, y les pedí el favor de hacérmelo firmar del escritor. Ahora me dijeron que el libro está adentro. Sólo quisiera saber si lo firmó y llevármelo.
La señora: Sí…Voy a ver si ya lo ha firmado, ya ves que acabo de llegar.
La señora abre la reja, entra y en cinco minutos sale. Llama a la periodista con una mano mientras con la otra abre la reja de nuevo: “Aquí tenés tu libro, ¿querés entrar?”
Buenos días
Aquí voy, don Ernesto, caminando sobre el ajedrez embaldosado de su pasillo, mirando de cerca la arboleda centenaria que es su sala de recibo, entrando a su casa, demostrando que “no hay casualidades sino destinos”, que “no se encuentra sino lo que se busca”.
¡Buenos días! Lo veo parado en una sala biblioteca. Tiemblo. No sé qué ropa tengo. Usted, jean desteñido, camisa blanca manga corta, tenis blancos y gafas de Sabato, da dos pasos a mi encuentro, lentos, cautelosos. ¡Oh, Virgen de Lourdes! Aprieto su mano de falanges delicadas, uñas cortas y arrugas en piel de durazno mallugado. ¡Tiene 95 años! La señora lo ayuda a acomodarse en su sillón, me pide que me siente y le dice que vengo de Colombia. Se retira. Comienza, pues, nuestra conversación, don Ernesto, a pesar de que usted no sepa quién soy yo ni a qué he venido.
Sabato: ¿Colombia? Oh, sí, sí, sí, lo he escuchado.
Koleia: Sí, usted estuvo ahí, como en el 83.
Sabato: Claro… yo estuve ahí… ¿Y vos me viste ahí?
Koleia: No, don Ernesto, no lo vi.
Sabato: ¿No? ¿Cómo no lo viste?
Koleia: No lo vi a usted.
Sabato: ¿Por qué?
Koleia: Yo todavía no había nacido…
No es por falta del cuestionario que se producen estos silencios. Estoy superando el impacto de tenerlo cerca. Sólo puedo mirarlo, ni siquiera sus libros alrededor me desconcentran. Lo miro a usted y lo imagino joven, paseándose con su esposa Matilde por las calles de Santos Lugares, con su perro, o sentado frente a su máquina de escribir atacando sus fantasmas, planeando el asesinato de María Iribarne, componiendo el Informe sobre ciegos, pintando los rostros oscuros de Dostoievsky yVirginia Wolfe.
Sabato: ¿Y cómo te interesaste para venir hasta acá?
Koleia: Porque lo he leído, don Ernesto, por sus libros…
Sabato: ¿Y cómo llegaste?
Koleia: Viajando en bus, por tierra, Ecuador, Perú, Bolivia, Argentina… un mes y medio así.
Sabato: Niña querida… ¿cuántos años tenés?
Koleia: 22
Sabato: Mirá… … … ¿Qué libro tenés ahí?
Koleia: Sobre héroes y tumbas.
Sabato: Sobre héroes y tumbas, dejá ver… Mirá qué lindo… –tiene en sus manos el libro que acaba de firmar y parece que lo ha olvidado– ¿Y vos has leído el libro?
Koleia: Sí, también los otros, El túnel, La resistencia… Pero este me impresionó mucho. Por eso estoy aquí.
Sabato: ¿Te impresionaste mucho?
Koleia: Sobre todo con el Informe sobre ciegos.
Sabato: Siento tanto cariño cuando has hecho una cosa así… ¿lo has leído en serio?
Koleia: Claro.
Sabato: Mirá vos…
Viene un silencio más largo, de casi veintiocho segundos. Aparece la señora con dos vasos de Coca-Cola en una bandeja. Los recibimos y usted corta el silencio.
Sabato: Te siento un cariño muy grande…
Koleia: Y yo… tanto que ni siquiera puedo hablar.
Sabato: Pero cómo no vas a poder hablar, querida. Después de estar… Hay muchas personas que me vienen a ver hace años. Y vos has venido hasta aquí, como ellos han venido… tantos seres humanos…
Llevaremos siete minutos sentados en la biblioteca, cuando desde otra habitación la señora grita: “Tati, que tiene un llamado”. En su casa usted es Tati. Usted no sabe quién lo llama, usted no quiere pararse a contestar. La señora insiste. “Allá está el llamado, allá está Gladys atendiéndolo, vaya agárrelo. Igual y la chica por un ratito vino a saludarlo, nada más, y es así”. Entiendo, la señora quiere que me vaya, pero usted me defiende: “Y es así, todo es así… han venido tantas personas, ¿por qué no va a estar ella más?
Vuelvo a nuestra conversación:
Koleia: ¿Todavía pinta? –ya sé que no, pero igual…
Sabato: Pintaba cuando era chico, tenía 13 años. Con mi madre. Mi madre tenía una cantidad de hijos, y después le llegó el final. Le tenía tanto cariño… bueno… he pintado y he escrito, he escrito en tantos lugares del mundo, he estado en diferentes partes de los países…http://lh5.ggpht.com/_dfkZlNGXh9s/R4biedpt-AI/AAAAAAAAAGI/UYLlTL97dkk/alquimista3chico8zv.jpg
Koleia: Hay un personaje en Sobre héroes y tumbas, Bruno, que dice que por desgracia la vida la hacemos en borrador… Yo le quería preguntar si de ese borrador de la vida usted quisiera cambiar algo o agregarle algo que no haya hecho.
Sabato: He viajado tanto, he estado en tantas partes del mundo… Me han tratado con tanto cariño en estos años.
Koleia: ¿Entonces no cambiaría nada en ese borrador de su vida?
Sabato: Ahhh… tanto he vivido, en tanto tiempo que tengo… Tantas personas de diferentes partes del mundo han venido, han llegado hasta aquí… He estado en países diferentes…
La cortesía con que usted me contesta, lo silábico de su pronuncia, ese tono bajito que hace pensar que cada expresión es un secreto; sus manos, don Ernesto, todo en usted me inquieta. Esa frente atestada de hileras horizontales, profundas, repujadas y en línea con el par de cejas despeinadas que se elevan cuando habla, cuando me pregunta:
Sabato: ¿Y cómo supiste que yo vivía acá?
Koleia: Porque usted lo ha escrito…
Sabato: He estado casi toda mi vida en esta casa. He estado en tantas partes del mundo, pero vuelvo a Santos Lugares, Santos Lugares es el lugar donde he vivido y donde estaré muerto. ¿Dónde vivís vos?
Koleia: En Medellín.
Sabato: ¿Medellín?
Koleia: Sí, vivo en Colombia.
Sabato: Ah, ¡Colombia, vivís en Colombia! ¡Caramba! Qué cariño siento. ¡Vivís en Colombia! Llegan aquí tantas personas, vienen a verme desde tantos países.
Hace una semana estaba sentada en una banca del Parque Lezama imaginando que justo allí Martín conoció a Alejandra, en la primera página de Sobre héroes y tumbas. Soñé con los ojos abiertos que usted salía de entre los árboles y me preguntaba el nombre, y yo mentía.
Koleia: ¿Y Alejandra?
Sabato: Alejandra, cómo no… fue para mí la gran cosa que yo tenía, tuve, y… bueno… ni la foto de ella…
Koleia: ¿Usted relee sus libros?
Sabato: ¿Cómo?
Koleia: ¿Volvió a leer El túnel, Sobre héroes…?
Sabato: Claro, cómo no, los tengo, cómo no los voy a tener.
Koleia: Digo que si los vuelve a leer.
Sabato: Sí, cómo no, querida… yo escribí de acá, de acá y de allá, son todas cosas que tienen su importancia y… bueno…
Koleia: ¿Y qué va a pasar con todo eso cuando ya usted no esté?
Sabato: ¿Cuándo yo me muera, decís? Yo me moriré en cuanto te descuidés un poquito. Ves que tengo muchos años. Tengo cosas de diferentes países, obras tan importantes, y así es la vida, querida, así sucede con los escritores importantes que tienen la vida y… bueno… así es, es así, que he estado en tantas partes del mundo, tantas… pero finalmente he venido a estarme como para siempre en este país. El final, qué sé yo… Ya tengo tantos años, y en cuanto me descuide un poquito, me voy a morir, ¿qué te parece? –Se ríe, me conmueve– Y… bueno… es una broma, pero no digo las cosas de broma, porque es verdad así, no soy solamente yo, son todas las personas que hay en el mundo.
Koleia: Y ahora que usted dice que se va a morir, que sabe que finalmente todos nos vamos a morir, ¿no aparece Dios ahí, al final de su vida?
Sabato: ¿Qué decís?
Koleia: Dios…
Sabato: He dicho muchas cosas importantes… y bueno… al final terminé por refugiarme para siempre en esta silla.
Koleia: Y la música, ¿le gusta la música?
Sabato: ¿La música? ¡Claro! Me gusta mucho. Yo viví… mi madre que era… ha muerto, claro… me llevaba y a mi hermana, la mayor, nos llevaba…
Koleia: ¿A dónde?
Sabato: ¿Cómo?
Koleia: ¿A dónde los llevaba su mamá, a conciertos?
Sabato: Sí, sí, cómo no… Todas estas cosas son muy conmovedoras porque no hablo muy profundo, con mucha expresividad y… bueno, ahí está… Tengo muchos años, pero no soy ni sonso ni estúpido ni… Bueno, soy un tipo importante que está en el mundo y… bueno, así ha sido la cosa… he vivido en este mundo.
Koleia: Y ha vivido mucho…
Sabato: Cómo no, claro que sí, claro que sí, claro que sí. Después de haber vivido en diferentes partes del mundo, finalmente estoy aquí para siempre, para morir, claro… pero todavía estoy bien, bien caliente, no te creas que estoy frío.
La fría soy yo, don Ernesto. Miro el reloj y ha pasado media hora desde que me entregaron el libro firmado por su mano temblorosa, desde que pude tocarlo. Momento de irme. Abro mi bolso para guardar mi libro y usted mira adentro:
Sabato: ¿Qué tenés ahí?
Koleia: Mi cuaderno de viaje.
Sabato: ¿Ahí está todo lo que viviste?
Koleia: Falta escribir este encuentro.
Me levanto de la silla y trato de ayudarlo a levantarse, pero usted asegura que puede solo. La señora en la cocina advierte mi despedida y se acerca para acompañarme a la salida.
Koleia: Hasta pronto, don Ernesto.
Sabato: Hasta siempre.
Koleia: ¿Y ahora qué hará?
Sabato: Mientras tanto sigo, ya veremos cuando esté en otro mundo.
Hasta siempre
La periodista camina sobre el tablero: baldosa negra, blanca, negra, blanca y así, con las manos juntas a la altura de la boca como rezándole a la Virgen de Lourdes. Mientras sale, habla con la señora cuyo nombre no ha preguntado ni preguntará.
Koleia: Muchas gracias, muchas gracias.
La señora: No, por favor. Y… ¿qué impresión llevás?
Koleia: No sé… son tantas cosas. Lo conocí por sus libros… usted sabe. Me parece mentira que haya podido verlo, oírlo… Aunque ya no pueda hablar lo mismo.
La señora: Pero claro, está tan viejito. Es comprensible que por ahí se hace nebulosas, además él no durmió bien en la noche y es normal que hoy esté muy triste. Los sábados para él son muy tristes.
Koleia: ¿Por qué?
La señora: Imagínate un hombre que ha salido toda su vida. Hoy vienen chicos a la tarde, pero como no durmió bien entonces como que le cuesta pensar ahora, por ahí se pierde. También hay que entender que va a cumplir 95 años.
Koleia: De todas maneras conversamos.
La señora: Sí, sí, claro, la juventud le encanta.
La señora trabaja con Ernesto Sabato desde hace veinte años. Cuidó a Mercedes cuando se lisió, vio a don Ernesto aferrarse a la pintura y lo ve en estos días en los que no puede ni pintar ni leer. Le cuenta a la periodista que, para ser sincera, no comprende la literatura de Sabato como los demás la comprenden, porque lo ve “como humano, como el que come, el que duerme, el que va al baño, el que comparte con nosotras una taza de té en la cocina”.
La periodista pregunta con cierto pudor sobre lo que pasará con la casa cuando don Ernesto vaya adonde Matilde y su hijo, cuando entre estos abedules del jardín no quede sino el sonido fantasmagórico de unos dedos tecleando palabras o moviendo el pincel. Que probablemente será museo, dice la señora, y que abrirá las puertas a los lectores que vienen, como ella, de tantas partes del mundo a conocer el santo lugar de Sabato.


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