LOS TENIS
Esa
noche, mientras subía, escuché las palabras:
–Quedate
quieto y no voltiés la cabeza.
Las
palabras a pesar de ser un robo no eran ofensivas. El muchacho no me arrojó
sino casi que me puso contra el barranco detrás de la cancha. El otro, más mala leche, me sacó del bolsillo
de atrás la cajetilla de cigarrillos, luego de los bolsillos de adelante, tres
mil pesos que llevaba, una caja de fósforos, unas monedas.
El
más tranquilo ya tenía mi media botella y se estaba tomando otro ron. Digo otro
porque cinco minutos antes, tres cuadras abajo en una esquina oscura, mis
raptores me habían pedido un trago. No logré
distinguir sus rostros pero como hombre que estaba estudiando literatura
en la universidad se lo extendí con cierta complicidad universal del
filantrópico noctámbulo que se encuentra a alguien desconocido en la soledad de
la media noche y le ofrece un trago para brindar por la negra oscuridad, por la
existencia efímera, por ese pedazo de luna que en esos momentos nos manchaba de
sombras y por la misma tierra que, a pesar de ser ellos ladrones y yo un
estudiante, igualmente nos había arrojado a la guerra a todos.
El
mala leche recibió la botella, al escuchar como deglutía el trago por su
garganta y lo chasqueaba en su lengua, le dije
dejara uno para mí. Pero me
aguijoneó:
––¡Que
chiste, estás muy gracioso! Es el único pirobo que tiene un cuchillo en la
espalda y se pone a hacer chistes malos.
Sentí
como la punta de la navaja me punzaba y tal vez como contra respuesta a mi
osadía sentí la correa del bluyín deslizándose por mi cintura. Me asusté, le
dije que se llevara todo pero que como me iba a violar.
El
otro mientras se ponía mi correa de cuero, ahora en su bluyín, se sonrió:
––Por
bonito este hijueputa. Ladrón tal vez, pero ocioso, nunca.
Ambos
se rieron y yo también estuve a punto de hacerlo. Después de decirme que se
iban a marchar, que no me volteara a mirar para ningún lado, caminaron algunos
pasos, pero antes de hacerlo definitivamente el otro se detuvo:
––Mira
que chimba de tenis, casi nos vamos sin ellos.
Se
regresaron y mientras me los quitaban sentí un desaliento. Les iba a decir que
los tenis no eran míos, pero aún con el
temor del cuchillo y de mi correa deslizándose por mi cintura, decidí guardar
silencio y sentí sus pasos trotando hacia abajo.
Al
minuto me levanté asustado, corrí la cuadra de la cancha Maracaná hasta la carrera
73 B y caminé en medias hasta mi casa. Mi madre me abrió y se sorprendió de la
historia, casi sonriendo, al verme descalzo:
––Menos
mal no te hicieron nada mijo, eso no es nada, no se preocupe y vaya acuéstese.
Esa
semana pasé con la chispita que produce el hecho de que el conocimiento no
sirviera un culo ante la fuerza bruta, y con el resentimiento de que, no de
café, ni de plátano, ni de oro, estaban
llenos los costales de este país de mierda.
La vergüenza tampoco me hizo recordar qué pasó
esa semana con mi hermano, (quien me había prestado sus tenis para ir a una
fiesta), pero ocho días después, al
atravesar la misma calle que había caminado descalzo, con mi sobrinita a darle
una vuelta por la cancha, y como si los estuviera buscando, vi los tenis que me
habían robado dentro de unos pies que por supuesto no eran los míos. Me
asusté. El pelado estaba sentado con un
amigo muy cercano de mi infancia que era
el jefe de una de las bandas del barrio.
Mi amigo me saludó y el otro me miró ocultando medio rostro entre sus
rodillas recogidas. Hubo una reacción en él entre terror y juego, como si envés
de robarme los tenis, yo se los hubiera prestado.
Por
supuesto, un sensible y noble
universitario, que hasta es capaz de compartir su licor con el ladrón que lo
maltrató con un arma y que debía cargar cientos de muertos en su hombros, mi
susto debió haber sido tan grande que por un minuto olvidé a mi sobrinita de
año y medio, que apenas estaba aprendiendo a caminar, sobre el Planchón, una
terraza de cuatro metros de abismo, protegido solo por unos tubos por cuyas
intersecciones cabría un toro. Corrí tras ella con el susto de haber visto a
los ojos a mi verdugo. En el lapso de
los quince minutos que estuve allí, y a pesar de estar en el Planchón que era
la mejor tribuna para ver los partidos en la cancha, no vi de manera consciente
los tres goles, ni escuché los gritos de las esposas que celebraban la goleada
de sus obesos maridos en el torneo de veteranos.
Decidí
regresar. Mi amigo ya no estaba y solo vi a mi ladrón sentado allí con la
cabeza agachada. Pasé a un metro de él, lo tenía de espaldas y lo pude haber
golpeado, pegarle una patada y tirarlo a
rodar por las escalas, tuve todo el tiempo del mundo pero el temor del estudiante, tal vez el
delirio del supuesto escritor, que se imagina que no todo es tan sencillo, que
tal vez como en una novela, el hombre tendría su cuchillo filoso empuñado en su
mano, para que, como en un cuento de camajanes de Borges, al yo acercarme me
hundiría su puñal, o como había visto algunas veces en esa cancha de la
Maracaná mientras veíamos los partidos los domingos, él sacaría un revolver me
lo pondría en la cabeza y dispararía, y el que rodaría por esas escalas
empinadas sería yo, como vi a Taborda rodar por las escalas de la Bananeria,
con una bala en su cabeza, sin mostrar en su cuerpo ningún rastro de vida,
ninguna forma de animidad, no rodando si
no tieso y dando tumbos como un muñeco de palo.
Rastrillé
un poco el pavimento con los zapatos que si eran míos para ver su reacción,
pero él no se movió, fue como si me estuviera esperando. Y en vez de empuñar mi
mano para macerarlo, decidí empuñar la pequeña manito de mi sobrina y seguir mi
camino.
Pero
ya en la mitad de la cuadra, ese vergonzoso sentimiento de derrota que me hizo
pensar que yo no era el representante de ninguna secta intelectual, que no era
ningún personaje de alguna novela y que solo era un simple humano humillado, me
hizo tomar la fuerza y me arrimé a la tiendecita de una amiga vecina:
––Teresa,
me puedes tener a la niña un minuto, o mejor si tienes tiempo se la llevas
hasta la casa a mi mamá.
Después
de decirme que estuviera tranquilo me devolví por la cuadra. Desde la esquina
miré hacia el Planchón y el muchacho aún seguía con la cabeza agachada. A pesar de que había varios amigos por ahí y
les pude haber pedido ayuda, sentí que ahora era mi problema y mejor aún, dada
su sumisión, que lo tenía en mis manos. Me acerqué hasta dos metros y hablé con
vos fuerte, no de un estudiante sino de un pillo que tenía guardada en su
cintura su estúpida pistola ilusoria:
––Oíste
hijueputa, devolveme los tenis que son de mi hermanito.
El
pelado levantó la cabeza y aunque vi
un pequeño hilo de sangre que le salía
entre su cabello, el miedo y el terror que tenía en sus ojos, me conmovió:
––Hey, ¿Cómo así que yo te robé hermano?––su voz
entre la turbación sonaba a disculpa.
––Si,
hace ocho días ahí en ese barranco detrás de la cancha ––dije casi
tartamudeando, y a pesar de que si hubiera tenido un arma en mis manos en ese
momento estaría temblando o se hubiera deshecho como una gelatina, en él, el miedo era de muerte, como si solo segundos
antes le hubieran puesto un arma entre
sus ojos.
––
Peludo, perdóname, no puedo creer que yo te haya robado.
El
tipo se agachó y a pesar de que creí que
iba a desenfundar su arsenal, lo vi desamarrarse los cordones de los zapatos,
(que ahora, a pesar de que eran nuevos, se veían muy sucios, y que además se
los había puesto sin medias), los
emparejó con sus dedos y me los entregó con un gesto de perdón que solo minutos
después comprendería:
––Peludo
discúlpame, tené, así como te mandé sin zapatos para tu casa, yo también me voy
descalzo––dijo mientras caminaba y se limpiaba lo poco que le quedaba de sangre
con su camiseta.
Llegué
triunfante a mi cuadra, con los tenis
amarrados a uno y otro lado de los
hombros, bajo las risas de mis amigos de la cuadra que no creían la historia y
sintiendo cierto olorcito a pecueca que si los tenis hubieran sido míos y no hubieran estado
nuevos, tal vez se los hubiera regalado.
Después
de atravesar varias casas, mi amigo, ahora en el balcón de su casa, con su
expresión imponente, habló:
––Menos
mal te los devolvió. Ahí le pegué un cachazo, le di una muestra de lo que le va
a pasar si sigue de gato. En mi territorio nadie se mete.
Esa
frase me desinfló. Caminé hasta mi casa tan decepcionado como si me hubieran
despojado, no de unos tenis, sino de mi vergüenza. Recordé el terror en los
ojos del joven y tiré a la mierda el estúpido mito del temeroso estudiante que le arrebata el trofeo a su
ladrón temerario. Me sentí tan sucio como si solo le hubiera arrebatado un
cromo a un niño, tan vacío como si me hubiera cogido a una triste putica en las
polvorientas cementeras del “Cairo”.
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