jueves, 21 de enero de 2016

Los tenis. Por Jhonny Barrientos Diaz

LOS TENIS

Esa noche, mientras subía, escuché las palabras:
–Quedate quieto y no voltiés la cabeza.
Las palabras a pesar de ser un robo no eran ofensivas. El muchacho no me arrojó sino casi que me puso contra el barranco detrás de la cancha.  El otro, más mala leche, me sacó del bolsillo de atrás la cajetilla de cigarrillos, luego de los bolsillos de adelante, tres mil pesos que llevaba, una caja de fósforos, unas monedas. 
El más tranquilo ya tenía mi media botella y se estaba tomando otro ron. Digo otro porque cinco minutos antes, tres cuadras abajo en una esquina oscura, mis raptores me habían pedido un trago. No logré   distinguir sus rostros pero como hombre que estaba estudiando literatura en la universidad se lo extendí con cierta complicidad universal del filantrópico noctámbulo que se encuentra a alguien desconocido en la soledad de la media noche y le ofrece un trago para brindar por la negra oscuridad, por la existencia efímera, por ese pedazo de luna que en esos momentos nos manchaba de sombras y por la misma tierra que, a pesar de ser ellos ladrones y yo un estudiante, igualmente nos había arrojado a la guerra a todos.
El mala leche recibió la botella, al escuchar como deglutía el trago por su garganta y lo chasqueaba en su lengua, le dije  dejara uno para mí. Pero  me aguijoneó:
––¡Que chiste, estás muy gracioso! Es el único pirobo que tiene un cuchillo en la espalda y se pone a hacer chistes malos.
Sentí como la punta de la navaja me punzaba y tal vez como contra respuesta a mi osadía sentí la correa del bluyín deslizándose por mi cintura. Me asusté, le dije que se llevara todo pero que como me iba a violar.
El otro mientras se ponía mi correa de cuero, ahora en su bluyín, se sonrió:
––Por bonito este hijueputa. Ladrón tal vez, pero ocioso, nunca.
Ambos se rieron y yo también estuve a punto de hacerlo. Después de decirme que se iban a marchar, que no me volteara a mirar para ningún lado, caminaron algunos pasos, pero antes de hacerlo definitivamente el otro se detuvo:
––Mira que chimba de tenis, casi nos vamos sin ellos.
Se regresaron y mientras me los quitaban sentí un desaliento. Les iba a decir que los tenis  no eran míos, pero aún con el temor del cuchillo y de mi correa deslizándose por mi cintura, decidí guardar silencio y sentí sus pasos trotando hacia abajo.
Al minuto me levanté asustado, corrí la cuadra de la cancha Maracaná hasta la carrera 73 B y caminé en medias hasta mi casa. Mi madre me abrió y se sorprendió de la historia, casi sonriendo, al verme descalzo:
––Menos mal no te hicieron nada mijo, eso no es nada, no se preocupe y vaya acuéstese.
Esa semana pasé con la chispita que produce el hecho de que el conocimiento no sirviera un culo ante la fuerza bruta, y con el resentimiento de que, no de café, ni de plátano, ni de oro, estaban  llenos los costales de este país de mierda.
 La vergüenza tampoco me hizo recordar qué pasó esa semana con mi hermano, (quien me había prestado sus tenis para ir a una fiesta), pero  ocho días después, al atravesar la misma calle que había caminado descalzo, con mi sobrinita a darle una vuelta por la cancha, y como si los estuviera buscando, vi los tenis que me habían robado dentro de unos pies que por supuesto no eran los míos. Me asusté.  El pelado estaba sentado con un amigo muy cercano de mi infancia  que era el jefe de una de las bandas del barrio.  Mi amigo me saludó y el otro me miró ocultando medio rostro entre sus rodillas recogidas. Hubo una reacción en él entre terror y juego, como si envés de robarme los tenis, yo se los hubiera prestado.
Por supuesto,  un sensible y noble universitario, que hasta es capaz de compartir su licor con el ladrón que lo maltrató con un arma y que debía cargar cientos de muertos en su hombros, mi susto debió haber sido tan grande que por un minuto olvidé a mi sobrinita de año y medio, que apenas estaba aprendiendo a caminar, sobre el Planchón, una terraza de cuatro metros de abismo, protegido solo por unos tubos por cuyas intersecciones cabría  un toro.  Corrí tras ella con el susto de haber visto a los ojos a mi verdugo.   En el lapso de los quince minutos que estuve allí, y a pesar de estar en el Planchón que era la mejor tribuna para ver los partidos en la cancha, no vi de manera consciente los tres goles, ni escuché los gritos de las esposas que celebraban la goleada de sus obesos maridos en el torneo de veteranos.
Decidí regresar.  Mi amigo ya no estaba  y solo vi a mi ladrón sentado allí con la cabeza agachada. Pasé a un metro de él, lo tenía de espaldas y lo pude haber golpeado, pegarle una patada  y tirarlo a rodar por las escalas, tuve todo el tiempo del mundo  pero el temor del estudiante, tal vez el delirio del supuesto escritor, que se imagina que no todo es tan sencillo, que tal vez como en una novela, el hombre tendría su cuchillo filoso empuñado en su mano, para que, como en un cuento de camajanes de Borges, al yo acercarme me hundiría su puñal, o como había visto algunas veces en esa cancha de la Maracaná mientras veíamos los partidos los domingos, él sacaría un revolver me lo pondría en la cabeza y dispararía, y el que rodaría por esas escalas empinadas sería yo, como vi a Taborda rodar por las escalas de la Bananeria, con una bala en su cabeza, sin mostrar en su cuerpo ningún rastro de vida, ninguna forma de animidad, no rodando  si no tieso y dando tumbos como un muñeco de palo.
Rastrillé un poco el pavimento con los zapatos que si eran míos para ver su reacción, pero él no se movió, fue como si me estuviera esperando. Y en vez de empuñar mi mano para macerarlo, decidí empuñar la pequeña manito de mi sobrina y seguir mi camino.
Pero ya en la mitad de la cuadra, ese vergonzoso sentimiento de derrota que me hizo pensar que yo no era el representante de ninguna secta intelectual, que no era ningún personaje de alguna novela y que solo era un simple humano humillado, me hizo  tomar  la fuerza y me arrimé a la tiendecita de  una amiga vecina:
­­––Teresa, me puedes tener a la niña un minuto, o mejor si tienes tiempo se la llevas hasta la casa a mi mamá.
Después de decirme que estuviera tranquilo me devolví por la cuadra. Desde la esquina miré hacia el Planchón y el muchacho aún seguía con la cabeza agachada.  A pesar de que había varios amigos por ahí y les pude haber pedido ayuda, sentí que ahora era mi problema y mejor aún, dada su sumisión, que lo tenía en mis manos. Me acerqué hasta dos metros y hablé con vos fuerte, no de un estudiante sino de un pillo que tenía guardada en su cintura su estúpida pistola ilusoria:
––Oíste hijueputa, devolveme los tenis que son de mi hermanito.
El pelado  levantó la cabeza y aunque vi un  pequeño hilo de sangre que le salía entre su cabello, el miedo y el terror que tenía en sus ojos, me conmovió:
––Hey,  ¿Cómo así que yo te robé hermano?––su voz entre la turbación sonaba a disculpa.
––Si, hace ocho días ahí en ese barranco detrás de la cancha ––dije casi tartamudeando, y a pesar de que si hubiera tenido un arma en mis manos en ese momento estaría temblando o se hubiera deshecho como una gelatina, en él,  el miedo era de muerte, como si solo segundos antes  le hubieran puesto un arma entre sus ojos.
–– Peludo, perdóname, no puedo creer que yo te haya robado.
El tipo se agachó y  a pesar de que creí que iba a desenfundar su arsenal, lo vi desamarrarse los cordones de los zapatos, (que ahora, a pesar de que eran nuevos, se veían muy sucios, y que además se los  había puesto sin medias), los emparejó con sus dedos y me los entregó con un gesto de perdón que solo minutos después comprendería:
––Peludo discúlpame, tené, así como te mandé sin zapatos para tu casa, yo también me voy descalzo––dijo mientras caminaba y se limpiaba lo poco que le quedaba de sangre con su camiseta.
Llegué triunfante a mi cuadra, con los  tenis amarrados  a uno y otro lado de los hombros, bajo las risas de mis amigos de la cuadra que no creían la historia y sintiendo cierto olorcito a pecueca que si los tenis  hubieran sido míos y no hubieran estado nuevos, tal vez se los hubiera regalado.
Después de atravesar varias casas, mi amigo, ahora en el balcón de su casa, con su expresión imponente, habló:
––Menos mal te los devolvió. Ahí le pegué un cachazo, le di una muestra de lo que le va a pasar si sigue de gato. En mi territorio nadie se mete.
Esa frase me desinfló. Caminé hasta mi casa tan decepcionado como si me hubieran despojado, no de unos tenis, sino de mi vergüenza. Recordé el terror en los ojos del joven y tiré a la mierda el estúpido mito del temeroso  estudiante que le arrebata el trofeo a su ladrón temerario. Me sentí tan sucio como si solo le hubiera arrebatado un cromo a un niño, tan vacío como si me hubiera cogido a una triste putica en las polvorientas cementeras del “Cairo”.

































No hay comentarios:

Publicar un comentario