jueves, 21 de enero de 2016

Abuelito muere sin celular.

                Los celulares, quién puede negarlo, se han convertido en una necesidad “social”, pero,                        ahora, gracias a su expansión acelerada, se están  trasformando en una adicción, tan                              poderosa como aquella que producen las sustancias psicoactivas, o peor aun, están                                provocando cambios en la personalidad de las personas que los usan. Cuán lejanos están                      aquellos tiempos en los que todavía éramos libres, sin tanto ruido e innovaciones
               tecnológicas. Abuelo, tu radio-teléfono se ha perdido en la espiral del tiempo.

                                                      Por: Juan Camilo Betancur


   Hace unos doce años, cuando despedimos a mi abuelo en el cementerio de Fredonia, lo enterramos con su radio teléfono, porque en vida, este aparato se le convirtió en un eje fundamental para controlar su finca y
   pedir lo que necesitaba de urgencia a sus trabajadores y vecinos. Ahora, doce años después, no me imagino que sería del abuelo si hubiese sido victima de la “onda” del celular. Tal vez, hubiese sido un anciano
   moderno, como es característico de los abuelos de hoy, y andaría con su celular en el carriel, descrestando ancianitas en el parque de Fredonia o llamando a todo momento, a toda hora, a sus hijos, nietos… para
   localizarlos y calmar la goma de ser un abuelo de la era del celular. Quizás, fue mejor que se muriera feliz con su radio teléfono y no que muriera infeliz, por no saber mandar mensajes de texto a una anciana amada.
   Afortunadamente, el abuelo no alcanzó a entrever la era de los celulares y murió con un precario  conocimiento de ellos. Si mal no recuerdo, el abuelo apenas conoció algunos avances anteriores del celular, que de alguna manera se los leyó un nieto, que tal vez era yo. Sólo eso alcanzó a conocer el afortunado viejo. A lo mejor, le leímos de alguna enciclopedia lo siguiente:
   “En 1854, el inventor francés Charles Bourseul planteó la posibilidad de utilizar las vibraciones causadas por la voz sobre un disco flexible o diafragma, con el fin de activar y desactivar un circuito eléctrico y producir unas vibraciones similares en un diafragma situado en un lugar remoto, que reproduciría el sonido original. Algunos años más tarde, el físico alemán Johann Philip Reis inventó un instrumento que transmitía notas musicales, pero no era capaz de reproducir la voz humana. En 1877, tras haber descubierto que para transmitir la voz sólo se podía utilizar corriente continua, el inventor estadounidense de origen escocés Alexander Graham Bell construyó el primer teléfono capaz de transmitir y recibir voz humana con toda su calidad y su timbre”.
   Sí, el abuelo murió alegre en el siglo pasado y no le tocó, como a nosotros, ser testigo de la nueva cultura que creó el celular, como un requisito para ser dignos de la “modernidad”. Y no hay que ir muy lejos para darse cuenta de esto. Basta con salir a la calle a cualquier hora del día, para ver a alguien con un celular hablando solo. Antes el acto de hablar solo era considerado como locura, ahora es normal y no se critica. Desde hace días, el celular se hizo más común en las calles que las mujeres embarazadas. Pero eso era de esperarse, pues un aparato tan pequeño, tan útil y manejable, no sólo puede generar eso, sino muchas cosas más que trataré de exponer, como, por ejemplo, la adicción.
   La adicción a los celulares es una de las dependencias tecnológicas a la que nos está sometiendo el nuevo mundo globalizado. El poder comunicarse con otra persona en otro país, los mensajes de texto, los
   videojuegos, el estatus que da tener un celular, el poder tomar fotos con cámaras cada vez más pequeñas, entre otros avances tecnológicos que han derrumbado las fronteras entre países y culturas, también han urbanizado a los jóvenes de manera acelerada y no muy productiva.
   El darle un mal uso al celular ha generado comportamientos distintos en decenas de jóvenes, en especial, uno que quiero resaltar: la inseguridad en sí mismos y el fracaso escolar y amoroso que conlleva. Me acuerdo
   de un caso que quiero citar para relacionarlo con el fracaso amoroso en las parejas a causa del celular. No hace más de dos meses, un amigo, Felipe Caballero, un comerciante de la plaza mayorista, perdió a su mujer
   por culpa del celular. Lo que le pasó a Felipe, fue que tenía una tiniebla, con la que se veía de vez en cuando sin que su mujer se enterara. Salía con su amante cada que podía justificar su ausencia con una reunión de negocios. Pero, una noche, Felipe dejó su celular en la mesa de noche después de dormirse y recibió un mensaje de texto de su amante. ¡Claro! Julia, su mujer, que estaba despierta, vio el mensaje que recibió
   su esposo y como si eso fuera poco, también vio los mensajes que Felipe le envió horas antes a su amor secreto. A la mañana siguiente, Julia, le pidió el divorcio a Felipe.
   Para retomar, hay que tener en cuenta que la adicción en los celulares se da en menos tiempo que otras adicciones, porque el celular, a diferencia de la marihuana y otras sustancias psicoactivas, está bien visto
   en la sociedad. Además, los niños desde muy pequeños se están familiarizando con estos artefactos y, de alguna forma, están creciendo antes de tiempo, gracias a que las campañas publicitarias, los programas de
   televisión, el ejemplo que les da sus padres, la educación en los colegios y muchos otros factores, les están metiendo la tecnología digital por los ojos, con el pretexto de que deben acoplarse al mundo contemporáneo
   y eso los está perturbando sicológicamente, causándoles agresividad, desconcentración…
   En España, por ejemplo, CETRAS2 atiende a seis pacientes con dependencia a celulares y afirma que se están presentando dos casos por cada mil  personas. Es una cifra pequeña, es cierto, pero el simple hecho de que un aparato electrónico ya esté causando adicciones, como si fueran otra droga, es un mal síntoma. Es más, en el año 2001, el escritor de novelas policíacas, Philip Marso, le propuso al mundo celebrar un día sin
   celular, así como en Bogotá celebran el día sin carro, sin embargo, las ideas geniales en ocasiones están destinadas al olvido porque no hay espíritus suficientemente libres para entenderlas y, por eso, la idea del
   escritor se quedó solo en idea, en una simple ocurrencia.
   Los pacientes en CETRAS pasaban más de doce horas al día en frente de  una pantalla, ya fuese un computador, un televisor o el celular. Estos seres, sufrían de aislamiento social, de depresiones, de zozobra y baja autoestima. Todos estos síntomas se manifestaron, al someter los pacientes a estar consigo mismos. Cuando les quitaron el celular y los dejaron solos con su mundo, los pacientes se encontraron en dificultad para
   comunicarse entre sí y al no encontrar la misma satisfacción con un interlocutor visible, se exasperaron y sintieron la necesidad de llamar a alguien o ser llamados por ese alguien.
   Esos estudios ponen en claro los problemas a los que nos enfrentamos, porque el celular ya pasó de ser un artefacto útil a convertirse en una mano, en una oreja que nos es fundamental para vivir y llegar a otros.
   Muchos de los noviazgos modernos en la clase media se dan gracias a que el celular es “bonito”. Lamentablemente muchos consideran que tener celular es tener una carta de presentación para poder entablar
   conversación con alguien.
   Es normal ver a la gente en los buses o en el Metro haciéndose las mismas preguntas, en la mayoría de veces para que les vean su nuevo modelo, el último celular del mercado. ¿Dónde estás ahora? ¿Qué me decís? No tengo cobertura. ¿Cómo van los negocios? Y aun así, eso no es lo más grave. Lo peor de todo, es el atentado lingüístico que se le está haciendo  al lenguaje. Esa patada a la escritura se debe a que los jóvenes al
   escribir mensajes de texto, hacen todo lo posible por sintetizarlos, reducen las frases, eliminan signos, reglas ortográficas y mezclan expresiones de distintos idiomas sin ninguna justificación lógica, hasta el punto de crear una nueva jerga que pocos entienden y que los ponen en dificultades para interactuar con otros.
   Otro punto a considerar, es la pérdida de libertad. El que posea un celular se hace un individuo localizable y perturbable. Muchas de estas personas perdieron la magia de unas vacaciones en el campo. Siempre están
   intranquilas con lo que sucede en su casa, preguntándose constantemente por qué no los llaman. Perdieron la capacidad de disfrute. Prefieren jugar con el aparato a contemplar una flor o un atardecer. Evitan avanzar
   demasiado lejos por el temor a que la señal se les pierda y no poder enterarse si algo importante o urgente está pasando. Así le sucedió a Óscar Arcila, profesor de cátedra de la Universidad de Medellín, quien
   perdió las vacaciones de fin de año, que había preparado por más de tres meses, por el simple hecho de recibir una llamada inesperada en la que le avisaban de un problema en un negocio de computadores. Al cuarto día  de vacaciones, se vio obligado a retornar a la ciudad, dejando a su familia sola en el municipio de Barbosa, que luego regresó también a la casa, echando al fracaso las famosas vacaciones.
   La verdad, lo que más disgrego de los celulares es que se hayan metido tanto en nuestras vidas, que hoy en día es muy difícil recibir una clase, ver una película o leer un libro sin que esos aparatos suenen en algún lugar. Por lo demás, cada quien elige cómo hundirse o salvarse de la nueva era tecnológica. No desconozco que los avances tecnológicos, cada día facilitan más la vida y que el celular en dosis controladas es estrictamente necesario. El comerciante, el empresario puede seguir trabajando mientras viaja, hacer transacciones bancarias desde cualquier lugar, inconscientemente, se disfruta más de una llamada de celular a celular por ser personalizada, se siente mejor llamar a una persona que a un lugar, el padre de familia puede localizar a su hijo con facilidad, un  mensaje de texto puede llegar a muchos rincones geográficos.  
   Son muchas las cosas en las que nos beneficia un celular, aunque, poco a poco, los dedos pierdan movilidad y le dejen todo el esfuerzo al dedo pulgar. Con la nueva tecnología y para un manejo práctico de de estos
   artefactos, el usuario sólo está utilizando el pulgar para marcar el número telefónico, dejando los otros dedos como una simple superficie para apoyar el celular.
   Como sea y a pesar de lo que diga, el celular seguirá siendo el corazón de Jesús en estos tiempos. Por eso, le doy gracias a la vida por haberse llevado a mi abuelo con su radio teléfono y haberle dado campo en su
   reino, para que no le lleguen las llamadas prepago de sus civilizados familiares.

No hay comentarios:

Publicar un comentario