jueves, 21 de enero de 2016

Los tenis. Por Jhonny Barrientos Diaz

LOS TENIS

Esa noche, mientras subía, escuché las palabras:
–Quedate quieto y no voltiés la cabeza.
Las palabras a pesar de ser un robo no eran ofensivas. El muchacho no me arrojó sino casi que me puso contra el barranco detrás de la cancha.  El otro, más mala leche, me sacó del bolsillo de atrás la cajetilla de cigarrillos, luego de los bolsillos de adelante, tres mil pesos que llevaba, una caja de fósforos, unas monedas. 
El más tranquilo ya tenía mi media botella y se estaba tomando otro ron. Digo otro porque cinco minutos antes, tres cuadras abajo en una esquina oscura, mis raptores me habían pedido un trago. No logré   distinguir sus rostros pero como hombre que estaba estudiando literatura en la universidad se lo extendí con cierta complicidad universal del filantrópico noctámbulo que se encuentra a alguien desconocido en la soledad de la media noche y le ofrece un trago para brindar por la negra oscuridad, por la existencia efímera, por ese pedazo de luna que en esos momentos nos manchaba de sombras y por la misma tierra que, a pesar de ser ellos ladrones y yo un estudiante, igualmente nos había arrojado a la guerra a todos.
El mala leche recibió la botella, al escuchar como deglutía el trago por su garganta y lo chasqueaba en su lengua, le dije  dejara uno para mí. Pero  me aguijoneó:
––¡Que chiste, estás muy gracioso! Es el único pirobo que tiene un cuchillo en la espalda y se pone a hacer chistes malos.
Sentí como la punta de la navaja me punzaba y tal vez como contra respuesta a mi osadía sentí la correa del bluyín deslizándose por mi cintura. Me asusté, le dije que se llevara todo pero que como me iba a violar.
El otro mientras se ponía mi correa de cuero, ahora en su bluyín, se sonrió:
––Por bonito este hijueputa. Ladrón tal vez, pero ocioso, nunca.
Ambos se rieron y yo también estuve a punto de hacerlo. Después de decirme que se iban a marchar, que no me volteara a mirar para ningún lado, caminaron algunos pasos, pero antes de hacerlo definitivamente el otro se detuvo:
––Mira que chimba de tenis, casi nos vamos sin ellos.
Se regresaron y mientras me los quitaban sentí un desaliento. Les iba a decir que los tenis  no eran míos, pero aún con el temor del cuchillo y de mi correa deslizándose por mi cintura, decidí guardar silencio y sentí sus pasos trotando hacia abajo.
Al minuto me levanté asustado, corrí la cuadra de la cancha Maracaná hasta la carrera 73 B y caminé en medias hasta mi casa. Mi madre me abrió y se sorprendió de la historia, casi sonriendo, al verme descalzo:
––Menos mal no te hicieron nada mijo, eso no es nada, no se preocupe y vaya acuéstese.
Esa semana pasé con la chispita que produce el hecho de que el conocimiento no sirviera un culo ante la fuerza bruta, y con el resentimiento de que, no de café, ni de plátano, ni de oro, estaban  llenos los costales de este país de mierda.
 La vergüenza tampoco me hizo recordar qué pasó esa semana con mi hermano, (quien me había prestado sus tenis para ir a una fiesta), pero  ocho días después, al atravesar la misma calle que había caminado descalzo, con mi sobrinita a darle una vuelta por la cancha, y como si los estuviera buscando, vi los tenis que me habían robado dentro de unos pies que por supuesto no eran los míos. Me asusté.  El pelado estaba sentado con un amigo muy cercano de mi infancia  que era el jefe de una de las bandas del barrio.  Mi amigo me saludó y el otro me miró ocultando medio rostro entre sus rodillas recogidas. Hubo una reacción en él entre terror y juego, como si envés de robarme los tenis, yo se los hubiera prestado.
Por supuesto,  un sensible y noble universitario, que hasta es capaz de compartir su licor con el ladrón que lo maltrató con un arma y que debía cargar cientos de muertos en su hombros, mi susto debió haber sido tan grande que por un minuto olvidé a mi sobrinita de año y medio, que apenas estaba aprendiendo a caminar, sobre el Planchón, una terraza de cuatro metros de abismo, protegido solo por unos tubos por cuyas intersecciones cabría  un toro.  Corrí tras ella con el susto de haber visto a los ojos a mi verdugo.   En el lapso de los quince minutos que estuve allí, y a pesar de estar en el Planchón que era la mejor tribuna para ver los partidos en la cancha, no vi de manera consciente los tres goles, ni escuché los gritos de las esposas que celebraban la goleada de sus obesos maridos en el torneo de veteranos.
Decidí regresar.  Mi amigo ya no estaba  y solo vi a mi ladrón sentado allí con la cabeza agachada. Pasé a un metro de él, lo tenía de espaldas y lo pude haber golpeado, pegarle una patada  y tirarlo a rodar por las escalas, tuve todo el tiempo del mundo  pero el temor del estudiante, tal vez el delirio del supuesto escritor, que se imagina que no todo es tan sencillo, que tal vez como en una novela, el hombre tendría su cuchillo filoso empuñado en su mano, para que, como en un cuento de camajanes de Borges, al yo acercarme me hundiría su puñal, o como había visto algunas veces en esa cancha de la Maracaná mientras veíamos los partidos los domingos, él sacaría un revolver me lo pondría en la cabeza y dispararía, y el que rodaría por esas escalas empinadas sería yo, como vi a Taborda rodar por las escalas de la Bananeria, con una bala en su cabeza, sin mostrar en su cuerpo ningún rastro de vida, ninguna forma de animidad, no rodando  si no tieso y dando tumbos como un muñeco de palo.
Rastrillé un poco el pavimento con los zapatos que si eran míos para ver su reacción, pero él no se movió, fue como si me estuviera esperando. Y en vez de empuñar mi mano para macerarlo, decidí empuñar la pequeña manito de mi sobrina y seguir mi camino.
Pero ya en la mitad de la cuadra, ese vergonzoso sentimiento de derrota que me hizo pensar que yo no era el representante de ninguna secta intelectual, que no era ningún personaje de alguna novela y que solo era un simple humano humillado, me hizo  tomar  la fuerza y me arrimé a la tiendecita de  una amiga vecina:
­­––Teresa, me puedes tener a la niña un minuto, o mejor si tienes tiempo se la llevas hasta la casa a mi mamá.
Después de decirme que estuviera tranquilo me devolví por la cuadra. Desde la esquina miré hacia el Planchón y el muchacho aún seguía con la cabeza agachada.  A pesar de que había varios amigos por ahí y les pude haber pedido ayuda, sentí que ahora era mi problema y mejor aún, dada su sumisión, que lo tenía en mis manos. Me acerqué hasta dos metros y hablé con vos fuerte, no de un estudiante sino de un pillo que tenía guardada en su cintura su estúpida pistola ilusoria:
––Oíste hijueputa, devolveme los tenis que son de mi hermanito.
El pelado  levantó la cabeza y aunque vi un  pequeño hilo de sangre que le salía entre su cabello, el miedo y el terror que tenía en sus ojos, me conmovió:
––Hey,  ¿Cómo así que yo te robé hermano?––su voz entre la turbación sonaba a disculpa.
––Si, hace ocho días ahí en ese barranco detrás de la cancha ––dije casi tartamudeando, y a pesar de que si hubiera tenido un arma en mis manos en ese momento estaría temblando o se hubiera deshecho como una gelatina, en él,  el miedo era de muerte, como si solo segundos antes  le hubieran puesto un arma entre sus ojos.
–– Peludo, perdóname, no puedo creer que yo te haya robado.
El tipo se agachó y  a pesar de que creí que iba a desenfundar su arsenal, lo vi desamarrarse los cordones de los zapatos, (que ahora, a pesar de que eran nuevos, se veían muy sucios, y que además se los  había puesto sin medias), los emparejó con sus dedos y me los entregó con un gesto de perdón que solo minutos después comprendería:
––Peludo discúlpame, tené, así como te mandé sin zapatos para tu casa, yo también me voy descalzo––dijo mientras caminaba y se limpiaba lo poco que le quedaba de sangre con su camiseta.
Llegué triunfante a mi cuadra, con los  tenis amarrados  a uno y otro lado de los hombros, bajo las risas de mis amigos de la cuadra que no creían la historia y sintiendo cierto olorcito a pecueca que si los tenis  hubieran sido míos y no hubieran estado nuevos, tal vez se los hubiera regalado.
Después de atravesar varias casas, mi amigo, ahora en el balcón de su casa, con su expresión imponente, habló:
––Menos mal te los devolvió. Ahí le pegué un cachazo, le di una muestra de lo que le va a pasar si sigue de gato. En mi territorio nadie se mete.
Esa frase me desinfló. Caminé hasta mi casa tan decepcionado como si me hubieran despojado, no de unos tenis, sino de mi vergüenza. Recordé el terror en los ojos del joven y tiré a la mierda el estúpido mito del temeroso  estudiante que le arrebata el trofeo a su ladrón temerario. Me sentí tan sucio como si solo le hubiera arrebatado un cromo a un niño, tan vacío como si me hubiera cogido a una triste putica en las polvorientas cementeras del “Cairo”.

































Abuelito muere sin celular.

                Los celulares, quién puede negarlo, se han convertido en una necesidad “social”, pero,                        ahora, gracias a su expansión acelerada, se están  trasformando en una adicción, tan                              poderosa como aquella que producen las sustancias psicoactivas, o peor aun, están                                provocando cambios en la personalidad de las personas que los usan. Cuán lejanos están                      aquellos tiempos en los que todavía éramos libres, sin tanto ruido e innovaciones
               tecnológicas. Abuelo, tu radio-teléfono se ha perdido en la espiral del tiempo.

                                                      Por: Juan Camilo Betancur


   Hace unos doce años, cuando despedimos a mi abuelo en el cementerio de Fredonia, lo enterramos con su radio teléfono, porque en vida, este aparato se le convirtió en un eje fundamental para controlar su finca y
   pedir lo que necesitaba de urgencia a sus trabajadores y vecinos. Ahora, doce años después, no me imagino que sería del abuelo si hubiese sido victima de la “onda” del celular. Tal vez, hubiese sido un anciano
   moderno, como es característico de los abuelos de hoy, y andaría con su celular en el carriel, descrestando ancianitas en el parque de Fredonia o llamando a todo momento, a toda hora, a sus hijos, nietos… para
   localizarlos y calmar la goma de ser un abuelo de la era del celular. Quizás, fue mejor que se muriera feliz con su radio teléfono y no que muriera infeliz, por no saber mandar mensajes de texto a una anciana amada.
   Afortunadamente, el abuelo no alcanzó a entrever la era de los celulares y murió con un precario  conocimiento de ellos. Si mal no recuerdo, el abuelo apenas conoció algunos avances anteriores del celular, que de alguna manera se los leyó un nieto, que tal vez era yo. Sólo eso alcanzó a conocer el afortunado viejo. A lo mejor, le leímos de alguna enciclopedia lo siguiente:
   “En 1854, el inventor francés Charles Bourseul planteó la posibilidad de utilizar las vibraciones causadas por la voz sobre un disco flexible o diafragma, con el fin de activar y desactivar un circuito eléctrico y producir unas vibraciones similares en un diafragma situado en un lugar remoto, que reproduciría el sonido original. Algunos años más tarde, el físico alemán Johann Philip Reis inventó un instrumento que transmitía notas musicales, pero no era capaz de reproducir la voz humana. En 1877, tras haber descubierto que para transmitir la voz sólo se podía utilizar corriente continua, el inventor estadounidense de origen escocés Alexander Graham Bell construyó el primer teléfono capaz de transmitir y recibir voz humana con toda su calidad y su timbre”.
   Sí, el abuelo murió alegre en el siglo pasado y no le tocó, como a nosotros, ser testigo de la nueva cultura que creó el celular, como un requisito para ser dignos de la “modernidad”. Y no hay que ir muy lejos para darse cuenta de esto. Basta con salir a la calle a cualquier hora del día, para ver a alguien con un celular hablando solo. Antes el acto de hablar solo era considerado como locura, ahora es normal y no se critica. Desde hace días, el celular se hizo más común en las calles que las mujeres embarazadas. Pero eso era de esperarse, pues un aparato tan pequeño, tan útil y manejable, no sólo puede generar eso, sino muchas cosas más que trataré de exponer, como, por ejemplo, la adicción.
   La adicción a los celulares es una de las dependencias tecnológicas a la que nos está sometiendo el nuevo mundo globalizado. El poder comunicarse con otra persona en otro país, los mensajes de texto, los
   videojuegos, el estatus que da tener un celular, el poder tomar fotos con cámaras cada vez más pequeñas, entre otros avances tecnológicos que han derrumbado las fronteras entre países y culturas, también han urbanizado a los jóvenes de manera acelerada y no muy productiva.
   El darle un mal uso al celular ha generado comportamientos distintos en decenas de jóvenes, en especial, uno que quiero resaltar: la inseguridad en sí mismos y el fracaso escolar y amoroso que conlleva. Me acuerdo
   de un caso que quiero citar para relacionarlo con el fracaso amoroso en las parejas a causa del celular. No hace más de dos meses, un amigo, Felipe Caballero, un comerciante de la plaza mayorista, perdió a su mujer
   por culpa del celular. Lo que le pasó a Felipe, fue que tenía una tiniebla, con la que se veía de vez en cuando sin que su mujer se enterara. Salía con su amante cada que podía justificar su ausencia con una reunión de negocios. Pero, una noche, Felipe dejó su celular en la mesa de noche después de dormirse y recibió un mensaje de texto de su amante. ¡Claro! Julia, su mujer, que estaba despierta, vio el mensaje que recibió
   su esposo y como si eso fuera poco, también vio los mensajes que Felipe le envió horas antes a su amor secreto. A la mañana siguiente, Julia, le pidió el divorcio a Felipe.
   Para retomar, hay que tener en cuenta que la adicción en los celulares se da en menos tiempo que otras adicciones, porque el celular, a diferencia de la marihuana y otras sustancias psicoactivas, está bien visto
   en la sociedad. Además, los niños desde muy pequeños se están familiarizando con estos artefactos y, de alguna forma, están creciendo antes de tiempo, gracias a que las campañas publicitarias, los programas de
   televisión, el ejemplo que les da sus padres, la educación en los colegios y muchos otros factores, les están metiendo la tecnología digital por los ojos, con el pretexto de que deben acoplarse al mundo contemporáneo
   y eso los está perturbando sicológicamente, causándoles agresividad, desconcentración…
   En España, por ejemplo, CETRAS2 atiende a seis pacientes con dependencia a celulares y afirma que se están presentando dos casos por cada mil  personas. Es una cifra pequeña, es cierto, pero el simple hecho de que un aparato electrónico ya esté causando adicciones, como si fueran otra droga, es un mal síntoma. Es más, en el año 2001, el escritor de novelas policíacas, Philip Marso, le propuso al mundo celebrar un día sin
   celular, así como en Bogotá celebran el día sin carro, sin embargo, las ideas geniales en ocasiones están destinadas al olvido porque no hay espíritus suficientemente libres para entenderlas y, por eso, la idea del
   escritor se quedó solo en idea, en una simple ocurrencia.
   Los pacientes en CETRAS pasaban más de doce horas al día en frente de  una pantalla, ya fuese un computador, un televisor o el celular. Estos seres, sufrían de aislamiento social, de depresiones, de zozobra y baja autoestima. Todos estos síntomas se manifestaron, al someter los pacientes a estar consigo mismos. Cuando les quitaron el celular y los dejaron solos con su mundo, los pacientes se encontraron en dificultad para
   comunicarse entre sí y al no encontrar la misma satisfacción con un interlocutor visible, se exasperaron y sintieron la necesidad de llamar a alguien o ser llamados por ese alguien.
   Esos estudios ponen en claro los problemas a los que nos enfrentamos, porque el celular ya pasó de ser un artefacto útil a convertirse en una mano, en una oreja que nos es fundamental para vivir y llegar a otros.
   Muchos de los noviazgos modernos en la clase media se dan gracias a que el celular es “bonito”. Lamentablemente muchos consideran que tener celular es tener una carta de presentación para poder entablar
   conversación con alguien.
   Es normal ver a la gente en los buses o en el Metro haciéndose las mismas preguntas, en la mayoría de veces para que les vean su nuevo modelo, el último celular del mercado. ¿Dónde estás ahora? ¿Qué me decís? No tengo cobertura. ¿Cómo van los negocios? Y aun así, eso no es lo más grave. Lo peor de todo, es el atentado lingüístico que se le está haciendo  al lenguaje. Esa patada a la escritura se debe a que los jóvenes al
   escribir mensajes de texto, hacen todo lo posible por sintetizarlos, reducen las frases, eliminan signos, reglas ortográficas y mezclan expresiones de distintos idiomas sin ninguna justificación lógica, hasta el punto de crear una nueva jerga que pocos entienden y que los ponen en dificultades para interactuar con otros.
   Otro punto a considerar, es la pérdida de libertad. El que posea un celular se hace un individuo localizable y perturbable. Muchas de estas personas perdieron la magia de unas vacaciones en el campo. Siempre están
   intranquilas con lo que sucede en su casa, preguntándose constantemente por qué no los llaman. Perdieron la capacidad de disfrute. Prefieren jugar con el aparato a contemplar una flor o un atardecer. Evitan avanzar
   demasiado lejos por el temor a que la señal se les pierda y no poder enterarse si algo importante o urgente está pasando. Así le sucedió a Óscar Arcila, profesor de cátedra de la Universidad de Medellín, quien
   perdió las vacaciones de fin de año, que había preparado por más de tres meses, por el simple hecho de recibir una llamada inesperada en la que le avisaban de un problema en un negocio de computadores. Al cuarto día  de vacaciones, se vio obligado a retornar a la ciudad, dejando a su familia sola en el municipio de Barbosa, que luego regresó también a la casa, echando al fracaso las famosas vacaciones.
   La verdad, lo que más disgrego de los celulares es que se hayan metido tanto en nuestras vidas, que hoy en día es muy difícil recibir una clase, ver una película o leer un libro sin que esos aparatos suenen en algún lugar. Por lo demás, cada quien elige cómo hundirse o salvarse de la nueva era tecnológica. No desconozco que los avances tecnológicos, cada día facilitan más la vida y que el celular en dosis controladas es estrictamente necesario. El comerciante, el empresario puede seguir trabajando mientras viaja, hacer transacciones bancarias desde cualquier lugar, inconscientemente, se disfruta más de una llamada de celular a celular por ser personalizada, se siente mejor llamar a una persona que a un lugar, el padre de familia puede localizar a su hijo con facilidad, un  mensaje de texto puede llegar a muchos rincones geográficos.  
   Son muchas las cosas en las que nos beneficia un celular, aunque, poco a poco, los dedos pierdan movilidad y le dejen todo el esfuerzo al dedo pulgar. Con la nueva tecnología y para un manejo práctico de de estos
   artefactos, el usuario sólo está utilizando el pulgar para marcar el número telefónico, dejando los otros dedos como una simple superficie para apoyar el celular.
   Como sea y a pesar de lo que diga, el celular seguirá siendo el corazón de Jesús en estos tiempos. Por eso, le doy gracias a la vida por haberse llevado a mi abuelo con su radio teléfono y haberle dado campo en su
   reino, para que no le lleguen las llamadas prepago de sus civilizados familiares.

Koleia entrevista a Ernesto Sábato

En el año 2006 viajé de mochila desde Medellín, Colombia, hasta Buenos Aires, Argentina. Quería hablar con el escritor Ernesto Sabato. Tenía 95 años. En 2011 cumplirá 100. ¿Hablé con él?
Santos Lugares, 26 de enero de 2006
Vine para verlo, don Ernesto. El 18 de diciembre salí de Medellín y luego de diez semanas viajando hacia Buenos Aires, al fin estoy aquí, al frente de su casa de corredor de ajedrez.
Son las diez de la mañana. Hace unos minutos Gladys, su empleada, salió a atenderme y me dijo que usted todavía no despierta, que vuelva a eso de las cuatro. A esa hora. A las cuatro. Lo voy a esperar.
¿Qué tanto son seis horas cuando hace años que muero por verlo? ¿Le pasó a usted que leyó a un escritor y soñó con tocarlo, así viviera al otro lado del mundo? Pues aquí me tiene. Leí algunos libros suyos en Colombia y ahora, después de algunos ahorros, muchos días y buses estoy en Santos Lugares esperando a que usted despierte.
De Santos Lugares sé que lo que usted dijo en una entrevista: que hace más de sesenta años era un barrio de gente obrera, modesta, en general trabajadores de los talleres Alianza del Ferrocarril San Martín; que aquí ha vivido desde entonces, alejado del caótico ambiente de Buenos Aires; que aquí ha escrito el total de sus obras, que aquí pasaron la infancia sus hijos y que aquí murió Matilde, su esposa, hace seis años.
Aunque lo mío, más que una tarea de periodista pretende ser una visita de lectora, temo que me pase como a la periodista del semanario Brecha en 1996 quien, después de confirmada una entrevista, recibió de usted una llamada cancelándola. Le dijo que tenía 85 años, que de pronto ocurrían hechos que lo destrozaban, que lo sumían en un dolor tan intenso que lo imposibilita para este tipo de tareas. Le dijo que Matilde, su compañera de toda la vida, estaba muy enferma. Le recordó que había perdido un hijo hacía un año y medio. Que no podía, no podía, no ahora. Que tal vez algún día, dentro de un año o dos, cuando estuviera menos adolorido.
Han pasado 10 años de eso. Ahora usted tiene 95 y yo tengo 22. Usted perdió a Matilde. Yo no puedo perder mis esperanzas de conocerlo. Yo no solicité ninguna entrevista, así que usted no me cancelará nada. Tengo dos opciones: irme o confiar en que lo veré. Me hacen juego unas palabras suyas: “no estoy aquí por azar, porque no hay azar en las cosas del espíritu: hay destinos, hay propósitos, conscientes o inconscientes”.
Pasan las horas. Mientras allá adentro usted se levanta, se baña, se viste y hace lo suyo, yo espero, espero, espero. Camino por Santos Lugares. Entro al Centro CulturalErnesto Sabato al frente de su casa. Veo cientos de libros suyos en estantes ordenados, pero estoy bloqueada, no puedo leer. Voy a una cafetería. Hojeo el libro que viene conmigo desde Medellín. Preparo un cuestionario. No logro definir la primera pregunta, sé que debo presentarme, decir que vengo de lejos, ¿pero qué se le pregunta a Ernesto Sabato?
Mi recorrido por el pueblo coincide con la hora del almuerzo y la siesta. Hablo con un vendedor de revistas, le pregunto por usted, dice lo mismo que la señora de la papelería y la chica de los caramelos: lleva toda la vida aquí, es un personaje. Él… y… cuando salía con el perro…
Camino hasta el precioso Santuario de Lourdes. Rezo, ruego, Ay, Dios, que lo vea. De regreso a su casa no se me ocurre conocer o escribir algo sobre Santos Lugares. No es ese mi tema. Llego a su calle y lo espero sentada en las escaleritas del Centro Cultural. A las cuatro de la tarde toco por segunda vez el citófono. Contesta Gladys.
Koleia: Buenas tardes, soy la periodista colombiana que vino a las diez. Quería saber si don Ernesto puede recibirme.
La voz: No, no está.
Koleia: ¿No está? Pero… ¡cómo! Yo he estado aquí y no lo vi salir.
La voz: ¿Dónde aquí?
Koleia: Afuera, en las escaleras del frente.
La voz: No es verdad, yo salí y no la vi. Don Ernesto ya se fue.
Koleia: ¿Se fue? No… no puede ser… yo vine desde Colombia, sólo a verlo… mañana sale mi avión… usted dijo que viniera a las cuatro.
La voz: Pero se fue, acaba de venir el taxi por él.
¿No hay casualidades, don Ernesto? ¿A qué vine entonces? Entro a la tienda al lado de su casa y lloro. “¿Qué puedo hacer por vos?”, se ofrece su vecina la vendedora de caramelos. Y yo deposito sobre la vitrina mi libro de héroes y tumbas y lloro, no paro de llorar.
Insistencia:
Eso pasó ayer. Hoy es otro día. Otra vez, la mañana, otra vez la periodista en camino a la casa de Ernesto Sabato. Hoy no lo puede esperar tanto. A las cuatro de la tarde sale el avión que la llevará a Colombia. No puede quedarse un día más en Buenos Aires. No puede.
Se baja del tren en la estación Santos Lugares. Camina hasta la calle Severino Langeri. En la tienda de caramelos pregunta por un libro que debió dejar don Ernesto firmado para ella. La reconocen. Le dicen que anoche le entregaron el libro a la empleada, pero que aún no lo devuelve. La periodista se emociona y se asusta: se llevará una firma del escritor en su libro. Pero ¿a qué hora?
A las diez de la mañana toca otra vez el timbre. Gladys contesta el citófono.
Koleia: Buenos días… Soy la periodista colombiana que vino ayer a ver a don Ernesto. Dejé un libro en la tienda para que por favor él lo firme, o no sé si será posible verlo….
La voz: Sí, el libro aquí está. Cuando despierte le diré que lo firme, espere.
Esperar, esperar diez minutos, veinte, media hora hasta que llega un carro y se estaciona frente a la casa. Se baja una señora sola. Va a abrir la reja que da al corredor de ajedrez y al jardín de abedules, cuando la abordan.
Koleia: Buenos días… Disculpe señora, soy periodista. Vengo viajando desde Colombia hace cuarenta días por tierra. Sueño con darle la mano a don Ernesto. Vine ayer, hablé con Gladys, esperé todo el día y al final no lo vi porque me dijeron que se había ido. Mi vuelo sale esta tarde, tengo que volver a Colombia. Ayer dejé mi libroSobre héroes y tumbas en la tienda, y les pedí el favor de hacérmelo firmar del escritor. Ahora me dijeron que el libro está adentro. Sólo quisiera saber si lo firmó y llevármelo.
La señora: Sí…Voy a ver si ya lo ha firmado, ya ves que acabo de llegar.
La señora abre la reja, entra y en cinco minutos sale. Llama a la periodista con una mano mientras con la otra abre la reja de nuevo: “Aquí tenés tu libro, ¿querés entrar?”
Buenos días
Aquí voy, don Ernesto, caminando sobre el ajedrez embaldosado de su pasillo, mirando de cerca la arboleda centenaria que es su sala de recibo, entrando a su casa, demostrando que “no hay casualidades sino destinos”, que “no se encuentra sino lo que se busca”.
¡Buenos días! Lo veo parado en una sala biblioteca. Tiemblo. No sé qué ropa tengo. Usted, jean desteñido, camisa blanca manga corta, tenis blancos y gafas de Sabato, da dos pasos a mi encuentro, lentos, cautelosos. ¡Oh, Virgen de Lourdes! Aprieto su mano de falanges delicadas, uñas cortas y arrugas en piel de durazno mallugado. ¡Tiene 95 años! La señora lo ayuda a acomodarse en su sillón, me pide que me siente y le dice que vengo de Colombia. Se retira. Comienza, pues, nuestra conversación, don Ernesto, a pesar de que usted no sepa quién soy yo ni a qué he venido.
Sabato: ¿Colombia? Oh, sí, sí, sí, lo he escuchado.
Koleia: Sí, usted estuvo ahí, como en el 83.
Sabato: Claro… yo estuve ahí… ¿Y vos me viste ahí?
Koleia: No, don Ernesto, no lo vi.
Sabato: ¿No? ¿Cómo no lo viste?
Koleia: No lo vi a usted.
Sabato: ¿Por qué?
Koleia: Yo todavía no había nacido…
No es por falta del cuestionario que se producen estos silencios. Estoy superando el impacto de tenerlo cerca. Sólo puedo mirarlo, ni siquiera sus libros alrededor me desconcentran. Lo miro a usted y lo imagino joven, paseándose con su esposa Matilde por las calles de Santos Lugares, con su perro, o sentado frente a su máquina de escribir atacando sus fantasmas, planeando el asesinato de María Iribarne, componiendo el Informe sobre ciegos, pintando los rostros oscuros de Dostoievsky yVirginia Wolfe.
Sabato: ¿Y cómo te interesaste para venir hasta acá?
Koleia: Porque lo he leído, don Ernesto, por sus libros…
Sabato: ¿Y cómo llegaste?
Koleia: Viajando en bus, por tierra, Ecuador, Perú, Bolivia, Argentina… un mes y medio así.
Sabato: Niña querida… ¿cuántos años tenés?
Koleia: 22
Sabato: Mirá… … … ¿Qué libro tenés ahí?
Koleia: Sobre héroes y tumbas.
Sabato: Sobre héroes y tumbas, dejá ver… Mirá qué lindo… –tiene en sus manos el libro que acaba de firmar y parece que lo ha olvidado– ¿Y vos has leído el libro?
Koleia: Sí, también los otros, El túnel, La resistencia… Pero este me impresionó mucho. Por eso estoy aquí.
Sabato: ¿Te impresionaste mucho?
Koleia: Sobre todo con el Informe sobre ciegos.
Sabato: Siento tanto cariño cuando has hecho una cosa así… ¿lo has leído en serio?
Koleia: Claro.
Sabato: Mirá vos…
Viene un silencio más largo, de casi veintiocho segundos. Aparece la señora con dos vasos de Coca-Cola en una bandeja. Los recibimos y usted corta el silencio.
Sabato: Te siento un cariño muy grande…
Koleia: Y yo… tanto que ni siquiera puedo hablar.
Sabato: Pero cómo no vas a poder hablar, querida. Después de estar… Hay muchas personas que me vienen a ver hace años. Y vos has venido hasta aquí, como ellos han venido… tantos seres humanos…
Llevaremos siete minutos sentados en la biblioteca, cuando desde otra habitación la señora grita: “Tati, que tiene un llamado”. En su casa usted es Tati. Usted no sabe quién lo llama, usted no quiere pararse a contestar. La señora insiste. “Allá está el llamado, allá está Gladys atendiéndolo, vaya agárrelo. Igual y la chica por un ratito vino a saludarlo, nada más, y es así”. Entiendo, la señora quiere que me vaya, pero usted me defiende: “Y es así, todo es así… han venido tantas personas, ¿por qué no va a estar ella más?
Vuelvo a nuestra conversación:
Koleia: ¿Todavía pinta? –ya sé que no, pero igual…
Sabato: Pintaba cuando era chico, tenía 13 años. Con mi madre. Mi madre tenía una cantidad de hijos, y después le llegó el final. Le tenía tanto cariño… bueno… he pintado y he escrito, he escrito en tantos lugares del mundo, he estado en diferentes partes de los países…http://lh5.ggpht.com/_dfkZlNGXh9s/R4biedpt-AI/AAAAAAAAAGI/UYLlTL97dkk/alquimista3chico8zv.jpg
Koleia: Hay un personaje en Sobre héroes y tumbas, Bruno, que dice que por desgracia la vida la hacemos en borrador… Yo le quería preguntar si de ese borrador de la vida usted quisiera cambiar algo o agregarle algo que no haya hecho.
Sabato: He viajado tanto, he estado en tantas partes del mundo… Me han tratado con tanto cariño en estos años.
Koleia: ¿Entonces no cambiaría nada en ese borrador de su vida?
Sabato: Ahhh… tanto he vivido, en tanto tiempo que tengo… Tantas personas de diferentes partes del mundo han venido, han llegado hasta aquí… He estado en países diferentes…
La cortesía con que usted me contesta, lo silábico de su pronuncia, ese tono bajito que hace pensar que cada expresión es un secreto; sus manos, don Ernesto, todo en usted me inquieta. Esa frente atestada de hileras horizontales, profundas, repujadas y en línea con el par de cejas despeinadas que se elevan cuando habla, cuando me pregunta:
Sabato: ¿Y cómo supiste que yo vivía acá?
Koleia: Porque usted lo ha escrito…
Sabato: He estado casi toda mi vida en esta casa. He estado en tantas partes del mundo, pero vuelvo a Santos Lugares, Santos Lugares es el lugar donde he vivido y donde estaré muerto. ¿Dónde vivís vos?
Koleia: En Medellín.
Sabato: ¿Medellín?
Koleia: Sí, vivo en Colombia.
Sabato: Ah, ¡Colombia, vivís en Colombia! ¡Caramba! Qué cariño siento. ¡Vivís en Colombia! Llegan aquí tantas personas, vienen a verme desde tantos países.
Hace una semana estaba sentada en una banca del Parque Lezama imaginando que justo allí Martín conoció a Alejandra, en la primera página de Sobre héroes y tumbas. Soñé con los ojos abiertos que usted salía de entre los árboles y me preguntaba el nombre, y yo mentía.
Koleia: ¿Y Alejandra?
Sabato: Alejandra, cómo no… fue para mí la gran cosa que yo tenía, tuve, y… bueno… ni la foto de ella…
Koleia: ¿Usted relee sus libros?
Sabato: ¿Cómo?
Koleia: ¿Volvió a leer El túnel, Sobre héroes…?
Sabato: Claro, cómo no, los tengo, cómo no los voy a tener.
Koleia: Digo que si los vuelve a leer.
Sabato: Sí, cómo no, querida… yo escribí de acá, de acá y de allá, son todas cosas que tienen su importancia y… bueno…
Koleia: ¿Y qué va a pasar con todo eso cuando ya usted no esté?
Sabato: ¿Cuándo yo me muera, decís? Yo me moriré en cuanto te descuidés un poquito. Ves que tengo muchos años. Tengo cosas de diferentes países, obras tan importantes, y así es la vida, querida, así sucede con los escritores importantes que tienen la vida y… bueno… así es, es así, que he estado en tantas partes del mundo, tantas… pero finalmente he venido a estarme como para siempre en este país. El final, qué sé yo… Ya tengo tantos años, y en cuanto me descuide un poquito, me voy a morir, ¿qué te parece? –Se ríe, me conmueve– Y… bueno… es una broma, pero no digo las cosas de broma, porque es verdad así, no soy solamente yo, son todas las personas que hay en el mundo.
Koleia: Y ahora que usted dice que se va a morir, que sabe que finalmente todos nos vamos a morir, ¿no aparece Dios ahí, al final de su vida?
Sabato: ¿Qué decís?
Koleia: Dios…
Sabato: He dicho muchas cosas importantes… y bueno… al final terminé por refugiarme para siempre en esta silla.
Koleia: Y la música, ¿le gusta la música?
Sabato: ¿La música? ¡Claro! Me gusta mucho. Yo viví… mi madre que era… ha muerto, claro… me llevaba y a mi hermana, la mayor, nos llevaba…
Koleia: ¿A dónde?
Sabato: ¿Cómo?
Koleia: ¿A dónde los llevaba su mamá, a conciertos?
Sabato: Sí, sí, cómo no… Todas estas cosas son muy conmovedoras porque no hablo muy profundo, con mucha expresividad y… bueno, ahí está… Tengo muchos años, pero no soy ni sonso ni estúpido ni… Bueno, soy un tipo importante que está en el mundo y… bueno, así ha sido la cosa… he vivido en este mundo.
Koleia: Y ha vivido mucho…
Sabato: Cómo no, claro que sí, claro que sí, claro que sí. Después de haber vivido en diferentes partes del mundo, finalmente estoy aquí para siempre, para morir, claro… pero todavía estoy bien, bien caliente, no te creas que estoy frío.
La fría soy yo, don Ernesto. Miro el reloj y ha pasado media hora desde que me entregaron el libro firmado por su mano temblorosa, desde que pude tocarlo. Momento de irme. Abro mi bolso para guardar mi libro y usted mira adentro:
Sabato: ¿Qué tenés ahí?
Koleia: Mi cuaderno de viaje.
Sabato: ¿Ahí está todo lo que viviste?
Koleia: Falta escribir este encuentro.
Me levanto de la silla y trato de ayudarlo a levantarse, pero usted asegura que puede solo. La señora en la cocina advierte mi despedida y se acerca para acompañarme a la salida.
Koleia: Hasta pronto, don Ernesto.
Sabato: Hasta siempre.
Koleia: ¿Y ahora qué hará?
Sabato: Mientras tanto sigo, ya veremos cuando esté en otro mundo.
Hasta siempre
La periodista camina sobre el tablero: baldosa negra, blanca, negra, blanca y así, con las manos juntas a la altura de la boca como rezándole a la Virgen de Lourdes. Mientras sale, habla con la señora cuyo nombre no ha preguntado ni preguntará.
Koleia: Muchas gracias, muchas gracias.
La señora: No, por favor. Y… ¿qué impresión llevás?
Koleia: No sé… son tantas cosas. Lo conocí por sus libros… usted sabe. Me parece mentira que haya podido verlo, oírlo… Aunque ya no pueda hablar lo mismo.
La señora: Pero claro, está tan viejito. Es comprensible que por ahí se hace nebulosas, además él no durmió bien en la noche y es normal que hoy esté muy triste. Los sábados para él son muy tristes.
Koleia: ¿Por qué?
La señora: Imagínate un hombre que ha salido toda su vida. Hoy vienen chicos a la tarde, pero como no durmió bien entonces como que le cuesta pensar ahora, por ahí se pierde. También hay que entender que va a cumplir 95 años.
Koleia: De todas maneras conversamos.
La señora: Sí, sí, claro, la juventud le encanta.
La señora trabaja con Ernesto Sabato desde hace veinte años. Cuidó a Mercedes cuando se lisió, vio a don Ernesto aferrarse a la pintura y lo ve en estos días en los que no puede ni pintar ni leer. Le cuenta a la periodista que, para ser sincera, no comprende la literatura de Sabato como los demás la comprenden, porque lo ve “como humano, como el que come, el que duerme, el que va al baño, el que comparte con nosotras una taza de té en la cocina”.
La periodista pregunta con cierto pudor sobre lo que pasará con la casa cuando don Ernesto vaya adonde Matilde y su hijo, cuando entre estos abedules del jardín no quede sino el sonido fantasmagórico de unos dedos tecleando palabras o moviendo el pincel. Que probablemente será museo, dice la señora, y que abrirá las puertas a los lectores que vienen, como ella, de tantas partes del mundo a conocer el santo lugar de Sabato.


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