viernes, 29 de mayo de 2020

Los libros matan. Por Henry Amariles Mejía.



Mi hermana me hace el puente con algunos amigos suyos, que lo conocen. No es sencillo llegar al escritor Helí Ramírez, sobre todo si se es periodista y se le quiere entrevistar. Le aterran las entrevistas. Estamos a finales del 2007, en una taberna hoy convertida en revueltería, en el barrio Castilla, escenario natural de la obra del autor de La noche de su desvelo. Ese día se inaugura allí un  auditorio con su nombre, y muchas personas se preguntan cómo logran convencerlo de que acepte ir al homenaje que se le brinda.

La presentación entre ambos es parca. Helí no es muy efusivo con quien no conoce. Y a la primera pregunta de este reportero, ¿Cuáles son sus lecturas de la infancia?, se enfurece, vocifera en términos non santos y amenaza con cancelar la charla, que apenas intenta arrancar. Es necesario el concurso de Víctor Gaviria, que le dice en voz baja, como para calmar las aguas, “háganse en otra mesita ustedes dos y nosotros nos quedamos por acá”, conciliador. A su lado están Juan José Hoyos y el Chiqui, entre otros.

Helí calla. Mira a sus amigos, expectantes, duda. Espera, indeciso. Lo abordo nuevamente, sin saber cuánto durará este segundo intento. Y el hielo se rompe. Se quita la armadura que traía pegada a la piel.   

“¡Uy, hermano!... ¿Por qué escribo? Un día dije que para no suicidarme1, pero a veces pienso que yo escribo porque nací para esa guevonada. Así no me guste posar de escritor, así no me guste ir a leer (en voz alta) a ninguna parte (Pausa) Es más hermano: yo creo que este momento nunca jamás lo voy a volver a vivir, yo creo que lo que diga como escritor sobra frente a mis libros. Ahora: Si los libros no dicen nada, entonces hablen con el autor, hermano... Esa vaina de que el Auditorio Helí Ramírez, eso me duele hermano (Pausa) y me avergüenza y me repugna y no me gusta. Mejor dicho: no me gusta ni que usted me esté entrevistando, hermano” 

Si a Helí no le gustan las entrevistas, afirma el escritor Oscar Castro García, “él tiene todo el derecho: Es un poeta. Si él piensa que lo que tiene que decir lo dice en su poesía, vaya a su poesía. Eso quiere decir que él está dedicado a lo suyo y que no tiene nada más que decirle a nadie.  ¿Qué más va a decir, qué más que lo que ha dicho en su  poesía, para qué le quieren hacer decir más las cosas, para qué entrevistas, para qué fotografías, para qué televisión?”

Agrega Castro García: “Es que él no es él, él es un medio, es su poesía, y él es el poeta, pero el poeta es uno cuando está diciendo su poesía  y es otro cuando está  por ahí desfilando... O llevándole la maleta  a un político. Él no hace eso. Está dedicado a lo suyo. El problema es no dejarse manosear. Y en este país eso pasa mucho y algunos personajes se dejan y... se pierden. El artista ante todo está dedicado a su creación, es un hombre inconforme y su obra tiende a ser revolucionaria, es una obra que quiere transformar y transformar en algo al lector por lo menos. Lo otro es más secundario, pero es respetable”.


Viaje a la semilla

“Ahorcamos desde pelados a la emoción con un alambre
                                                                                   de acero”

Helí nace en 1948, en Ebéjico, y por esas turbulencias de la violencia de los
años 50, cuatro años  después debió huir con su familia a Medellín. Se establece entonces en   Belén Rincón, poco antes de llegar a Castilla, espacio en el que se escenifica gran parte de su obra.   

Precisamente, sus primeros recuerdos de lecturas y de libros, vienen de  sus días iniciales en el barrio Belén Rincón: “Sabe qué hermano, antes de yo llegar a Castilla viví en Belén Rincón. Hasta allá llegaba un carro con libros de la Biblioteca Pública Piloto y yo lo veía llegar, veía cuchos y cuchas que iban y sacaban libros. Yo recuerdo mucho ese carro porque ese carro fue el que mató a Morfeo, ¿Entiende? Y yo siempre vivo perseguido por la muerte”

Su voz adquiere los matices propios de quien está a punto de entrar en trance, en un monólogo cerrado con sus fantasmas. El drama se atora en sus labios, justo al emprender el vuelo a la región de los días idos: “Mató a Morfeo, hermano. Morfeo era un pelaíto de ahí, del barrio. Estaba jugando. Los pelaítos se meten por debajo de los carros. El carro empezó a reversar para irse. Eran por ahí las 5:30 PM,  y trán: Le aplastó la cabeza al pobre Morfeo, hermano. Murió por ahí de siete años... Aplastado por libros. ¡Aplastado por libros!  ¡Aplastado por libros! ... Los libros matan, hermano”

Hace una pausa, casi se le siente la respiración de sus neuronas y concluye: “Yo creo que  también voy a morir aplastado por libros, no ves pues esto... (señala el aviso que reza: “Auditorio Helí Ramírez”) Yo nunca he asistido a estas guevonadas. Nunca. Negado”

Los rones van y vienen, mientras las volutas de humo se apuñalean en medio de
una azulosa espiral cósmica, atravesada por el eco brutal de una canción de rock. Un contertulio monologa incomprensibles fórmulas existenciales que hacen que la ironía aflore, en Helí: “Este hijo de puta parece un personaje de Dostoievsky” (Risas)


El exilio del poeta de los mil oficios

“Asesinamos a la muerte con sus voces de nostalgia mohosa”

“Sí, nací con el viento en contra. Así asumí la literatura... Y mi vida”.

Se le iluminan los ojos cuando una palabra lo acerca a su forma de ver el
mundo. No hay resentimiento ni dolor en lo que dice. Parece querer reafirmar la rudeza con la que la vida y sus avatares lo han golpeado, pese a lo cual siempre ha ido tras sus intuiciones, tras sus sueños.

Ejerce distintos oficios –“hermano, hice de todo”-, antes de estabilizarse laboralmente en el Seguro Social, en donde “Terminé manejando un hijueputa polvero, un archivo de historia, pero a mí me interesaba mi salario hermano, porque loquiando... vos loquiando no tenés nada fijo. Allá camellé 28 años. Empecé  a trabajar viejo, a los 27 años. Para un individuo de clase popular, en donde el pelao deja el estudio a los 12-13 años, para ponerse a camellar, hacerlo a esa edad es tarde”.

“Él sabe que es un poeta distinto -afirma Víctor Gaviria-. Lo que pasa es que la belleza de él es de otra manera, no es de princesas, ni lo que es la belleza habitual; de ahí la fuerza que hace para inventarse, para escribir poesía. Es algo que cobra en cierto sentido. Como quien dice: Es que ¡Ustedes no saben todo lo que yo tuve que hacer! O sea, la revolución personal, de lenguaje y la forma como tuvo que creer en sí mismo. Él es consciente de su valor”.

Es sabido que todo escritor, cuando se inicia, encuentra dificultades, “más Helí que utiliza un lenguaje muy urbano, muy del barrio, que a muchas personas les parece que es vulgar. Pero no, es una forma propia de nuestra idiosincrasia. Hoy muchos poetas lo aceptan. Pero cuando él empezó a publicar sus cosas era tomado como un poeta más, del montón, alguien que quiso escribir, según ellos, las particularidades de una comuna, de un barrio, y no alcanzaron a ver el lenguaje poético, profundo, que tiene Helí. Ya en nuestros días es mucho más aceptado, gracias a las publicaciones que ha hecho. Dentro de los jóvenes ha tenido mucha aceptación. La prueba es que las pocas veces que Helí ha leído poesía son los jóvenes los que han acudido, fundamentalmente”, comenta Guillermo E. Baena, editor de la desaparecida revista de poesía Deshora. 

Baena  considera  que “Desde que Helí publicó en “La Parte Alta Abajo” “ya se
descubrió en él un buen poeta, un poeta muy distinto a los que teníamos aquí en nuestra ciudad; rompió con mucha tradición, como una propuesta  muy nueva en Medellín”.

Aclara que “algo de eso se conocía ya, sobretodo con algunos poetas
norteamericanos, con los de la generación beat, que hacían unos planteamientos
frente a la ciudad, sobre la actitud de una persona en el mundo, cuestionándose la sociedad de consumo, todo este tipo de cosas. Pero, en el medio colombiano Helí es algo nuevo, fresco. Habla con el lenguaje nuestro, sin esa grandilocuencia a la que nos tenían acostumbrados muchos poetas que ya estaban en desuso. Helí en cambio, nos propone un lenguaje de la gente del común; con una gran ironía, con un gran sentido de la solidaridad, de la gallada, del barrio. Por eso es que Helí se ha hecho un espacio propio acá, por eso es una voz que va a seguir sonando mucho tiempo en la poesía colombiana”.

Oscar Castro considera que “Helí Ramírez en la poesía introduce a los antihéroes de nuestra sociedad y a los marginados, los que han invadido espacios, los que viven a la defensiva, los que se ganan la vida... ¡A veces no saben ni cómo! Lo antipoético se refiere a los temas que no son épicos en la poesía. Digamos que la anti-norma. O al menos aquellos que tienen otra norma sobre la vida, sobre la existencia. A veces conscientes de que son delincuentes, a veces no. O que están en el filo, en el límite de la delincuencia, que son quienes se roban los despojos de quienes son despojados”.

Helí considera que escribir no lo aleja de los demás, ni lo hace más interesante, ni mucho menos distinto: “No hermano, vea: yo nunca me he considerado... Un demiurgo, ni un chamán, ni un escogido por Dios para ser el vocero de una comunidad o de un pueblo o de un grupo”

“Se ve así mismo como un habitante más de nuestra ciudad, de nuestro país. Es una de las cosas más bellas que tiene, él no ha dejado de ser el mismo: una especie de camaján de barrio, pero que escribe poesía”, anota Juan José Hoyos.

El barrio Castilla, sus historias, sus rostros, sus esquinas, sus canchas, son la
materia de su obra. De ahí que no dude un segundo ante la pregunta ¿Quién es

Helí? : “Soy usted, de aquí (Castilla), del barrio. Por eso, cuando vengo a Castilla, vuelvo a mí”. ¿Por qué se fue de Castilla? Silencio. Un manto tenso, invisible y  reflexivo se apodera de sus gestos, sus manos... silencio. Es como si en su interior se debatieran secretos amores y odios.  Duda. Piensa de nuevo, hasta que por fin responde: “Yo no me fui del barrio...” Nueva prolongada pausa.

Cierra los ojos unos segundos, como si le tomara una foto a lo ocurrido: “Yo nunca me he ido del barrio, cada 15 días camino por sus calles. Vengo por mi esposa y nos recorremos estas calles”

Un nuevo silencio se instala en medio de los dos. Los dementes alaridos de un  desconocido cantante abofetean los poros. Hasta que por fin, confiesa: “Lo que pasa es que me tuve que ir de Castilla porque hubo un tropel en el que había cuchillo y bala de por medio. Por eso me tuve que ir. Pero no porque quisiera hacerlo”


La aritmética de la pelota

“Le hago el túnel
y saliéndole por un lado
le hago clavar al suelo la cabeza al arquero
de paso
eludo la tarde al día al sol y a las gentes que gritan”.

De su vida estudiantil en el Liceo Antioqueño le queda la imagen borrosa  de la discriminación  que padece por ser más pobre que el promedio de sus condiscípulos, al tiempo que por esas paradojas de la vida, lo miran con recelo  por ser de los pocos que estudia en su barrio. Son los años 60 y en aquel entonces un bachiller, en un barrio popular que apenas se constituye, es algo así como una rareza de museo.

Habla con pasión, sin cuidarse del todo de las susceptibilidades que pueda herir, de las ampollas que puedan generar sus ideas. Lo cierto es que de aquel entonces recuerda al profesor Samuel Londoño, el “hijueputa que me sacó volando del Liceo Antioqueño.  porque yo no le paraba bolas al hombre, hermano. Ese man daba aritmética, pero era regañando y mariquiando a la gente”. Y si algo ha tenido claro siempre es que no sabe lo que es agachar la cabeza ante nadie.  A no ser que se trate de una pelota.

Para Helí el fútbol es su primer apellido. Inclusive “el día que no entraba a clases
me iba para el estadio a jugar fútbol. Y nos íbamos para esa finca en los
alrededores del Liceo”. Su voz, remembranza de días remotos, conjurados por el afecto y la nostalgia: “Jugaba en un equipo de fútbol, en la Marte uno, en la Marte dos del estadio, de puntero derecho. Llegué hasta el ascenso. El ascenso en esa época era como la B ahora, lo que pasa es que era regional”.

Son los tiempos en los que los torneos de fútbol inter barriales  se viven con 
Intensidad. Caso aparte, los partidos entre Castilla y Pedregal, que a veces terminan en batallas campales. Las canchas de La Tinajita y del Doce de Octubre, los escenarios de estos duelos.

Un personaje de uno de sus libros, sacado de aquel ambiente futbolero es Cataño: “Cataño era un cucho por ahí de 40 años, hincha furibundo de Medellín. Era un marcador de punta hermano, estilo Yotagri, que fue de los primeros marcadores de punta estilo Roberto Carlos, papá: Suba y baje, suba y baje. Yo era un pelao hermano y ya jugaba con los grandes”

“No seguí con el fútbol porque me encarreté en otro rollo hermano... La poesía... La bareta... El mundo libre hermano: República Independiente de Castilla y las Comunas”. Ríe, se toma un sorbo de ron.

La noche deja ver sus ojeras alucinadas. Un silencio cae al vacío absurdo donde se mutilan las palabras. La memoria tarda en llegar al presente, hasta que vuelven los recuerdos...


Personajes de carne y hueso 

“De un momento a otro realidad te vuelvo flecos a balazos
y sigues siendo una cochinada en mi cerebro”

“Jugaba de alero” es la historia de un futbolista que en su momento fue
triunfador, “Borilo”. “Borilo, es un poco la historia trágica de los muchachos dedicados al fútbol. Es Garrincha. ¡Uy hermano!, mirando la historia de Garrincha me acordaba de ese pelado”

Así como Borilo “existió”, en tanto tuvo un referente real que sirvió de base para
el poema, pasó con “La mayoría de los personajes de mis libros, digamos que el 85% es gente real. Por ejemplo, Milín existió”2.

Se transfigura, como quiera que su abuelo fue chamán y algo de esa genética
debe estar pegada en sus gestos, en el tono de su voz, en ese sarcasmo
melodramático con el que a veces dice las cosas: “Estos intelectuales maricas actuales afirman que los jóvenes están muriendo... Los jóvenes siempre hemos muerto”, dice.  Luego calla, antes de terminar la idea: “Y seguimos muriendo”.

Milín por ejemplo, tuvo un final tempranero: a los 22 años se fue de este mundo: “Eso fue a las tres de la mañana... Un cucho salió de una pensión, de comerse a una vieja y el man  lo atracó y le robó una grabadora. Y llegó el cucho hermano, quién sabe qué clase de cucho era, llegó y le dio tres pepazos de una. ¿Y sabe en dónde lo mató? Lo mató en Maturín, entre Carabobo y Bolívar”

 “Milín era un man que a las cuatro de la tarde se tiraba sus mocasines, su chaqueta y a Guayaco, al ruedo papá: A robar. Era el jefe de toda la gallada. Milín salía al centro a rebuscarse la vida, a tirarse meras pintas, quebrarse sus meras chimbas, tirarse sus baretos, beber. Se pasaba todo el día en su casa, en donde tahuriábamos y tirábamos bareta como un hijueputa...”

La novela “La Noche de su Desvelo” también se basa en hechos y personajes reales. Eso para él es entendible porque, “Hermano: La literatura es ficción y
realidad. Y realidad y ficción. Es igual para todo: Llámese literatura, pintura, música. Ese es el arte, pienso yo, hermano”. 



La noche de su desvelo, un sueño que desvela

“Me acuesto a dormir
y encuentro una fila de cosas
que quieren soñar conmigo”

Desde hace unos años el director de cine Víctor Gaviria vive  interesado por llevar al cine “La Noche de su Desvelo”. Para él esta novela “Es un sueño. No sé por qué la habíamos olvidado últimamente, alguna vez unos pelaos estuvieron haciendo un guión, una adaptación. Ahí está todo: Esta novela es todo lo que hemos conocido... O sea, tiene todos los elementos de la realidad, todos los miembros de una familia, desde el ladrón hasta el profesional, pasando por el papá campesino. O sea, está toda la ciudad, vista desde el barrio popular. Todos esos personajes son hermosos... ¡Sería una película espectacular!”

Gaviria reconoce la deuda que tiene con Helí, en cuanto a que le prepara el terreno para hacer muchas de las cosas que hace, más tarde: “Ya después,
cuando hice “Rodrigo D”, a mí me quedó muy fácil, porque yo ya conocía toda esa poesía. Ya estaba preparado, desde el lenguaje, los personajes... Si Helí no me hubiera preparado, esa vaina hubiera sido muy difícil”.

Lo conoce en 1976. Gaviria tiene 23 años. Para todos en Acuarimántima Helí “era un poeta que nos cuestionaba y que nos daba una poesía que nadie esperaba, una poesía, digamos, extracultural”3

 “Yo creo que aprendí  mucho a respetar a la gente de la que habla Helí en sus
escritos, que después me la encontré en mis películas leyendo la poesía de él. Es una hermandad en donde él es más que yo en este sentido: él abrió el camino y yo hablo un poco desde afuera. Lo que pasa es que el cine es otra cosa. El cine te permite compartir la vida de los demás por el hecho de que tenés una grabadora y te imponés a las personas, a como hablan. Es una verdad que el cine impone muy fácil”

El hecho de ser amigos no ha facilitado que dicho proyecto se concrete, debido 
“a que guardo un gran  respeto por Helí... ¿Entiende?, para no molestarlo”.  Por su parte, Helí reconoce que Víctor Gaviria sería un excelente director para una eventual versión cinematográfica del libro: “Es que yo creo que un man como Víctor Gaviria lleva al cine cualquier cosa. ¿Sí o no Víctor?” De inmediato Gaviria responde, emocionadísimo: “Uy hermano... Yo adoro esa novela, guevón”. “Sin ánimo de echarle el ojo a este man, porque nosotros no vivimos de esto, pero Víctor puede llevar al cine lo que él quiera, hermano. ¿Por qué no se puede llevar al cine? Además,  este guevón se ha identificado con la novela”.

Gaviria conoce a Helí en el segundo lustro de los años 70, en la revista Acuarimántima, dirigida por el escritor y entonces profesor de la Universidad de Antioquia, Elkin Restrepo. Ambos son nuevos en la revista, por esa época. “Todos en la revista estábamos fascinados con el libro “La Ausencia del Descanso”, pero sobretodo con “En la parte Alta Abajo”, que nosotros editamos en Ediciones Acuarimántima. Helí nos lo leyó una noche en la casa de Daniel Vinogrado, que era cercano a la revista. Esa noche nos leyó ¡Todo el libro! Y nosotros no nos cansábamos. Esa noche cambiamos completamente de punto de vista sobre Medellín. “Él, con sus escritos, abrió otra ciudad. Una ciudad que no literalizó, como no literalizó al camaján, ni al marihuanerito, sino que los dejó en donde era. No hace una traducción de su realidad a la poesía, sino que impone la poesía.”, puntualiza.


El amigo que no concede entrevistas

“Un gato salta de la tristeza a la ciudad y de la ciudad a la
                                                                                        tristeza
y la sombra de los tiempos idos oliendo a mortecina”.

Igual recuerdo tiene el escritor Juan José Hoyos, de aquella noche. Para él, esas horas de vigilia, proyectándose el mundo desde la periferia de Medellín, es una de sus mayores emociones en la vida.

“Yo conocí a Helí en 1975, cuando publicó su primer libro, “La Ausencia del Descanso”. En ese momento el poeta Carlos Castro Saavedra dirigía Extensión Cultural de la Universidad de Antioquia. Lo conocí a través de un profesor amigo, que quedó muy impresionado: Elkin Restrepo. Yo quería hacerle una entrevista porque él usaba un lenguaje muy nuevo, muy especial, usado por primera vez en la poesía colombiana. Él me dijo: “hermano, a mí no me gusta conceder entrevistas. Si quiere nos tomamos unas cervezas”.

Nos pusimos a conversar y al final me dijo: “hermano usted qué prefiere: ¿ser amigo mío o hacerme la entrevista” Yo le dije: “prefiero ser amigo suyo” y nunca
lo ha entrevistado. Hoy por hoy dice que Helí es “uno de los pocos amigos que me quedan; es callado, es leal. Es un amigo para toda la vida. No es de medias tintas”.

Helí se siente bien con la receptividad que reciben sus poemas en Acuarimántima. En ese entonces es muy joven. Lo invitan a hacer parte de la redacción de la revista, a la cual se vincula, hasta la desaparición de la misma. Asiste a las reuniones, no habla mucho pero “daba sus opiniones cuando era necesario”, rememora Elkin Restrepo.

“La gente de Acuarimántima, hermano, me abrió las puertas del mundo de la literatura que llaman: Elkin Restrepo, Víctor Gaviria, Miguel Escobar... Es de las pocas veces en las que he leído poesía públicamente, que no llegan a los dedos de una mano.  Esa noche leí “En la parte alta abajo”.  Ellos dicen que los impactó mucho. Ya eso es al margen de Helí Ramírez como persona. Eso fue el libro”.

Por su parte, el pintor Fredy Serna también reconoce tener una deuda con la poesía de Helí: “Yo pinto lo que él escribió, aunque él escribió algo distinto, pero eso es lo mismo” “A la literatura le hacía falta la pintura”, responde Helí. “No hay pintura sin poesía”, termina Fredy.

Tal reciprocidad de valoraciones tiene sobre el tapete un proyecto en ciernes: Un
libro de Helí con pinturas de Fredy Serna. O sino, “Usted para qué cree que 
inauguramos el auditorio Helí Ramírez”, comenta Serna. “Es el inicio”, dice Helí. “Es el anuncio”, complementa Fredy. El cuándo, no se sabe a ciencia cierta. “Le
estamos camellando, hermano”. “No sabemos, tengo que pintar más, tenemos que conocernos más. Tenemos que ser más amigos. Dentro de poquito”[1]

Así y todo hay mucho prejuicio en torno a la poesía de Helí, sobretodo los “Poetas más puristas. Piensan que es una poesía demasiado local, que no trasciende, por los modismos. Pero la verdad es que tiene una fuerza, una conciencia del lenguaje, extraordinaria. Los poemas son basados en la realidad pero no son espontáneos, son producto de un hombre muy inteligente, muy reflexivo, con una sinceridad a prueba de todo. Además, un hombre que alberga el odio, que alberga y recibe... No es un filtro, sino que él alberga y recibe todo lo
mejor y lo peor, con un gran cariño por los amigos, por los personajes que han pasado, que ha inmortalizado: Los jugadores de fútbol de la cuadra, los amigos que van cambiando y pasan de ser ladrones a rayas, de juiciosos a ladrones, de sanos a drogos”, puntualiza el director de La Vendedora de Rosas.

Juan José Hoyos considera que “su poesía es muy importante, muy singular. Es la primera vez que yo siento como que un poeta habla con nuestra propia lengua la historia de nosotros, especialmente de los que crecimos en los barrios populares de ciudades como Medellín. Después de los años 50, 60 yo no he visto otra poesía así. Es una poesía que cambió muchas cosas de la poesía colombiana contemporánea. Para mí es como un milagro, porque describe  un mundo de pura vida y que poco había trascendido a la literatura escrita. Yo diría que de pronto hay un pequeño antecedente que son los cuentos de Umberto Valverde en su libro “Bomba Camará”. Pero en poesía yo no había visto eso y yo digo que es un milagro de la poesía”.

Al respecto, opina Elkin Restrepo: ”No sé si la obra de Helí es tan conocida en Colombia como uno quisiera. En Medellín sí es muy conocida, y cada vez más. Por su supuesto, con enorme respeto y reconocimiento, porque es una poesía sui generis, es una poesía muy distinta de las demás y... porque tiene ese atractivo, de que está respaldada por una actitud del autor muy radical, muy clara muy definida, ¿cierto?”

Lo innegable es que sus libros no se consiguen, hace rato están agotados y no se avizoran reediciones de sus textos, distinta a la mencionada por Fredy Serna.

Claro que, según Elkin Restrepo “a Helí todavía no lo veo haciendo parte de
antologías de la poesía nacional, porque éstas a veces se hacen desde las conveniencias y creo que eso le hace bien a su trabajo; porque siempre será diferente, y  siempre estará ahí, a la espera de quien con buen espíritu se acerque a él ¿no?”

A pesar de lo anterior Elkin Restrepo piensa que “En la Parte Alta, Abajo” es una de las obras de poesía más importante de la literatura colombiana de todos los tiempos, en donde su poesía está muy cerca del relato y de la creación de
personajes y de ambientes. Por primera vez en la poesía colombiana está el lenguaje barrial, con su sintaxis, con sus términos”

Precisamente, para el docente y pintor Hugo Santamaría, lo que más le seduce de la poesía de Helí es “Su trabajo directo con la cotidianidad del barrio, es decir, el hecho de ser una poesía intimista, cotidiana, lo cual la contextualiza dentro de esas nuevas corrientes del arte contemporáneo, de lo posmoderno, de volver universal lo poético local, de jugar con las localías en aras de una universalidad del arte”.

Oscar Castro afirma que hay un hecho innegable en la historia literaria del país y es que “Casi nadie escribe como Helí o sobre los temas que él escribe. O sea, él
no ha fundado ninguna corriente. Él es como un ave solitaria. Si usted lee la poesía que produce en Medellín, por lo menos y dijéramos en Colombia, la poesía reciente y uno ve que Helí es como un grito en el desierto, es como una valiosa y creo que no aprovechada explosión, incluso por los lectores, por la juventud”

El hecho de que Helí no hable con los medios –afirma Juan José Hoyos- se debe a que “hay muchos lenguajes, la poesía es uno de pocas palabras. Y el silencio es otro lenguaje”. Ello probablemente afecte la divulgación de una obra, pero “a un verdadero poeta no le importa eso, ya que la poesía queda (más allá de las modas), el problema es que la poesía también está sometida a los cánones de la oficialidad representada por las editoriales, la prensa, la crítica, la docencia, es
decir, el sistema educativo, todos estos órganos de divulgación y también de dominio de la cultura,  imponen cánones y él no ha estado nunca en el canon”.


Los héroes de la calle

“Déjame fabricar con tus cabellos lazos para ahorcar el odio
asomándome su rostro a cada instante”

Algo similar le ocurre a su amigo “El Chiqui”[2], quien en una ocasión se le mete en la cabeza la idea de hacer un video sobre Helí. La respuesta que obtiene: “No”. Por eso dice que “El Chiqui” “es el misterio más grande de la puta vida... Porque el Chiqui...” No encuentra inicialmente las palabras para explicar por qué se enrola en ese proyecto, aunque después asegura que su amigo “tenía una compañerita tan vacana y tan especial en esa época; siendo de un medio social
tan hijueputa, Martica, y esa señora era... una vacanería. Y no hablaba de paternalismos sociales ni nada de ese tipo de cosas. Y más que el Chiqui, yo creo que fue esa señora la que me convenció del video, por respeto a las damas, a la mujer”

“La mujer popular –continúa Helí- para mí... Es una héroe. Porque nosotros por nuestra incultura, por nuestra formación, por todo, tratamos mal a la compañera. Somos unos atarvanes con las mujeres. Para mí la mujer es un símbolo especial: Mejor dicho, yo reivindico la diosa, la cultura de la diosa, la diosa madre; porque el machismo hermano, el dios... Es una opresión”

Dentro de los personajes femeninos, en su obra también se destaca La Flaca  “La Flaca es la combinación de un montón de peladas que conocí en el barrio Castilla. Antes de que empezaran a hablar de liberación femenina y sexual, La Flaca ya vivía su vida”

Nunca estuvo enamorado de la mujer que inspiró el personaje: “Era amiga de toda la gallada. Toda la gallada la quería. Y terminó de jíbara. Ya no vive. Es que
de la edad mía... ¿Cuántas personas (que han servido de base para sus poemas) vivirán, de esa época? ; Uno de los últimos que murió fue un man Víctor Velásquez; murió en la esquina de la casa de él. La sapa... Murió jugando, tomaba alcohol como un hijueputa. Murió como en el 2002 o 2003”

A su esposa la conoce en una particular circunstancia, que es detallada por Juan José Hoyos: “Cuando la esposa de Helí lo conoció a él los dos nos íbamos a encontrar ese día y ella se iba a encontrar con una amiga. Entonces, llegó donde
la amiga y nosotros estábamos con esa amiga. Y la amiga le dijo: te presento un poeta y un periodista. Y ella le dijo: no sé cuál de los dos me cae más gordos, si los poetas o los periodistas. Y llevan más de 30 años viviendo juntos”.


El silencio se hace escritura

“Lentamente vuelvo a vos poema en mí...”

Lo suyo es escribir, a secas, sin  protagonismos. Víctor Gaviria dice al respecto que “Él nos da la lección de cuál es el lugar del poeta: El lugar del poeta es el poema, su obra. En eso él es intransigente. A él no le gusta que lo manoseen. Lo
que quiere es preservar esa fuerza impresionante de sus poemas”.

Para Helí escribir es una simbiosis en donde se conjugan el placer y el dolor. Pero también es “Luchar por la vida. Es todo, hermano, es una lucha, hermano”.

De nuevo se sumerge en sus propios pensamientos. Al insistirle en qué siente al escribir, protesta: “Ah, no hermano...” Cuando parece que va a acabar la entrevista, mira con cierto estupor, justo antes de responder, con sinceridad: “No sabría definir eso en este momento” (Silencio prolongado) “Mejor dicho: no sabría decirte eso, ni en este momento ni en ningún momento hermano. A  veces yo pienso que escribir un poema es como hacer el amor, hermano” Una pausa. Me mira. Ve que aún continúa la grabadora en lo alto, a la espera de la puntilla final de la respuesta suspendida y simplemente agrega: “No, no, no, yo para elaborar teorías, no, hermano”.

Escribe a cualquier hora, todos los días, en cualquier lugar. No se aísla del entorno social que lo rodea: “Yo puedo estar con usted o con el otro y... A la hora que me separe, que llegue a la casa, escribo cualquier cosa... Escribí alrededor de 20 poemas encanado. Y esos poemas están en el libro Golosina de Sal”.

“¿Por qué me encanaron? Ah no, eso si...”. De nuevo se sumerge en su mente. Intento picarle la lengua: ¿Reserva del sumario?, entonces no duda la respuesta: “Ya estás hablando como un juez”.

Finalmente, a la pregunta acerca de si Helí  se leerá dentro de 40 o 50 años, Elkin Restrepo considera que “la poesía de Helí tiene cierta vocación de permanencia,  es importante y se leerá en el futuro porque si alguien quiere pensar ese Medellín de los años 70, 80, 90 y de este principio de siglo, necesariamente tiene que acudir a Helí”. Por su parte, Juan José Hoyos concluye: "No sé... porque no soy inmortal. Sólo se me viene a la mente una expresión muy propia de él, y es aquella que dice que de aquí a eso estaremos chupando anturios, que es la flor que crece en los cementerios”.

Medellín, 2007. 






















 









1 Si no fuera poeta, me suicidaría. En: Reportajes a la literatura colombiana. Reinaldo Spitaletta y Mario Escobar Velásquez. Medellín: Universidad de Antioquia / Biblioteca Pública Piloto, 1991.
 pp 137-145.
2 Personaje de varios de los poemas del libro En la parte alta, baja.
3 “La película como un diálogo. Entrevista con Víctor Gaviria”. VIVIESCAS, Víctor. En: Cuadernos Hispanoamericanos. #610, Abril 2001. p 42.
[1] En el 2012 Tragaluz editores S.A. saca al mercado Poemas ilustrados, con ilustraciones de Fredy Serna y posfacio de Juan José Hoyos; concretándose este viejo anhelo, que se anuncia aquella noche del 2007.
[2] Juan Guillermo Arredondo, El Chiqui, fue un documentalista con más de 30 trabajos. Un par de estos, hechos al  lado de Víctor Gaviria. Fue, además, ganador del Premio Simón Bolívar, en el 2005.  Murió en Chocó, en Julio del 2011. 

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